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Capítulo 3 La Copa del Veneno Dulce
La mesa del comedor secundario de la mansión estaba dispuesta solo para tres personas. A diferencia del gran salón de actos utilizado para el aniversario la noche anterior, este espacio resultaba intrínsecamente íntimo: paredes revestidas de madera de caoba, una iluminación cálida proveniente de un candelabro de cristal de roca y el crepitar tenue de la chimenea encendida para disipar el fresco del inicio de la noche. Mateo descorchó una botella de un vino tinto de cosecha exclusiva que guardaba para ocasiones trascendentales. Sofía, sentada a su derecha con un vestido holgado de seda dorada, mantenía la vista fija en la copa vacía que descansaba frente a ella; el médico le había prohibido estrictamente una sola gota de alcohol a partir de ese momento. Los pasos pesados de Gabriel resonaron en el pasillo antes de que la puerta doble de madera se abriera. Llevaba la chaqueta del traje colgada sobre un hombro y la corbata ligeramente aflojada, con esa vibra desenfadada y magnética que siempre lo acompañaba al terminar la jornada laboral. -Me dijeron en la entrada que la cena era estrictamente confidencial -dijo Gabriel, lanzando la chaqueta sobre una silla vacía y estirando los brazos con dramatismo-. La servidumbre parece haber firmado un acuerdo de confidencialidad antes de traerme el aperitivo. ¿A qué se debe tanto misterio, Mateo? Si se trata del balance del trimestre, te prometo que Morales no sospecha nada de las compras de acciones. -No se trata de la empresa, Gabriel -respondió Mateo, acercándose para servir el tinto en la copa de su hermano-. Siéntate. La razón de esta cena es estrictamente familiar. Gabriel alzó una ceja, intrigado, y desplazó la mirada hacia Sofía. Ella le sostuvo la visión durante un segundo prolongado antes de bajar los ojos hacia el mantel, una microexpresión de tensión que no pasó desapercibida para ninguno de los dos. Gabriel ocupó el asiento frente a su cuñada y tomó la copa, haciendo girar el líquido oscuro con lentitud. -De acuerdo. Me tienen intrigado -admitió Gabriel, dando un sorbo pausado-. La última vez que vi esa cara de solemnidad en ti, Mateo, estábamos comprando la firma bancaria en Suiza. Mateo sonrió con una autenticidad que rara vez mostraba en el mundo de los negocios. Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, y buscó la mano de Sofía para entrelazar sus dedos. -Esta mañana fuimos a la clínica de fertilidad para recibir los resultados de la última inseminación de Sofía -comenzó Mateo, sintiendo cómo el pecho se le llenaba de un orgullo casi infantil-. El tratamiento no solo funcionó, Gabriel. El doctor Arismendi confirmó un embarazo múltiple. Vamos a ser padres de trillizos. El silencio que siguió a la declaración fue denso, casi tangible. La copa en la mano de Gabriel se detuvo a medio camino de la mesa. Por una fracción de segundo -un instante imperceptible para cualquiera que no hubiera compartido el mismo vientre-, la mirada de Gabriel se congeló en un gesto de absoluta petrificación. Su pupila se dilató y una sombra de incredulidad y cálculo frío atravesó sus facciones, como si la noticia hubiera alterado trágicamente un plano arquitectónico minuciosamente diseñado en su mente. Sin embargo, antes de que Mateo pudiera procesar esa extraña pausa, la máscara de Gabriel volvió a encajarse con una precisión impecable. -¿Trillizos? -exclamó Gabriel, forzando un tono de júbilo desbordante mientras ponía la copa sobre la mesa con un golpe seco-. ¡Tres de un solo golpe! ¡No me jodas, Mateo! Gabriel se puso de pie de inmediato y rodeó la mesa con los brazos abiertos. Envolvió a Mateo en un abrazo fraternal, dándole palmaditas sonoras en la espalda con una efusividad calculada. -¡Felicidades, hermano! Esto es... es increíble -dijo Gabriel, separándose para mirarlo a los ojos, aunque su sonrisa no alcanzaba a arrugar las comisuras de sus párpados-. Trillizos. Es una verdadera locura. La dinastía Valente asegurada en un solo parto. -Es un milagro -dijo Mateo, devolviéndole la sonrisa con total ingenuidad-. Tres herederos, Gabriel. Toda la presión de la junta directiva, la incertidumbre sobre la sucesión... se esfuma hoy mismo. Gabriel se giró hacia Sofía. Se acercó a ella lentamente, inclinándose para besarle la mejilla. Mateo observó la escena con fascinación, sin notar la rigidez en la nuca de su esposa cuando los labios de su hermano rozaron su piel. -Felicidades, cuñada -murmuró Gabriel en voz baja, con un tono velvetino que pretendía sonar cariñoso pero que arrastraba un matiz casi amenazante-. Tres bebés. Vas a tener las manos ocupadas. Y tu cuerpo también. Debe ser un proceso... agotador. -El médico dice que requeriré reposo absoluto -respondió Sofía, con la voz extrañamente plana, manteniendo la vista en el centro del plato-. Pero haré lo que sea necesario para que la gestación llegue a término. -Por supuesto que sí -asintió Gabriel, regresando a su lugar y tomando su copa de nuevo para hacer un brindis en el aire-. Por los nuevos miembros de la familia. Y por el futuro de la corporación, que ahora parece más blindado que nunca. Los tres bebieron -o simularon beber, en el caso de Sofía-. Mientras Mateo se deshacía en detalles sobre los planes de remodelación del ala oeste de la mansión para construir las tres habitaciones infantiles y contratar a un equipo de enfermeras especializadas, Gabriel lo escuchaba en silencio, asintiendo mecánicamente mientras apuraba el vino. Debajo de la mesa, lejos de la vista de Mateo, el pie de Gabriel se desplazó milimétricamente hasta rozar el empeine del zapato de Sofía. Ella no se apartó inmediatamente; en lugar de eso, sus nudillos sobre la mesa se pusieron blancos al apretar la servilleta de lino. -Esto cambia los planes de la reestructuración patrimonial, Mateo -intervino Gabriel, interrumpiendo el monólogo entusiasmado de su hermano con una voz perfectamente serena-. Con tres herederos en camino, la junta va a exigir que blindes tu testamento de inmediato. Si te llegara a pasar algo antes del nacimiento, la custodia legal y el control del fideicomiso entrarían en una disputa atroz con los socios minoritarios. -No pienses en tragedias, Gabriel -se rio Mateo, tomando la mano de su esposa-. No me va a pasar nada. Estoy más vivo y fuerte que nunca. -Solo soy precavido, hermano -contestó Gabriel, esbozando una sonrisa fría mientras clavaba su mirada en el reflejo del fuego-. En este mundo, un hombre con tanto que perder se convierte automáticamente en el blanco de muchos ojos. Hay que dejar todo firmado antes de que sea demasiado tarde.
Lista de capítulos
69 capítulos en total
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