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ORIGO
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Capítulo 2 La primera lección

A los doce años, Arán conocía ya el bosque mejor de lo que algunos hombres llegarían a conocerlo jamás, incluso tras toda una vida recorriendo sus senderos. Pero conocer el bosque, le repetía sin cesar Kaerón, no era lo mismo que respetarlo - y esa diferencia, la más difícil de todas, la aprendería aquel año, de la manera más dura posible.

Todo comenzó con una promesa. Kaerón había anunciado, una noche de otoño, que Arán lo acompañaría por primera vez a la caza del gran ciervo blanco - aquella que los hombres del valle emprendían solo una vez al año, en el linde de las tierras que se decían sagradas, aquellas donde no se aventuraba nadie sin pedir perdón a cada paso. Era un honor que jamás se concedía a un niño. Arán lo acogió sin sorpresa, como si no pudiera ser de otro modo - como si el mundo no hiciera sino alcanzar lo que él ya sabía de sí mismo.

- No estás aquí para disparar, había advertido Kaerón antes de partir. Estás aquí para mirar. Para aprender dónde están los límites.

Arán había asentido, pero algo en su mirada decía ya que no había escuchado del todo.

Caminaron durante dos días, durmiendo al raso, alimentándose de poco, hasta alcanzar el claro donde el ciervo blanco tenía sus costumbres. Kaerón procedió con una paciencia que su hijo jamás le había visto - largas horas inmóviles, casi una oración silenciosa dirigida al bosque mismo, antes siquiera de pensar en tensar su arco. Arán, agazapado tras él, sentía la impaciencia quemarle las manos. Había visto la bestia antes que su padre - estaba seguro - un destello blanco entre los helechos, apenas visible, pero bien real.

No dijo nada. Esperó, como se le había enseñado. Pero cuando Kaerón alzó por fin el arco, una rama crujió bajo el pie de Arán - un gesto involuntario, casi nada, el peso de un cuerpo que se había movido un centímetro de más. El ciervo saltó y desapareció entre los árboles antes de que la flecha abandonara la cuerda.

El silencio que siguió fue peor que cualquier cólera.

Kaerón no gritó. Se quedó largo rato mirando fijamente el lugar donde había estado el animal, como si todavía pudiera verlo allí. Luego se volvió hacia su hijo, y lo que Arán leyó en su rostro - no furia, sino una decepción profunda, casi miedo - lo hirió más que cualquier golpe.

- Querías verlo de cerca, dijo Kaerón. No es para eso que hemos venido.

- Lo había visto antes que tú, respondió Arán, la voz apretada. Podría haberlo tocado, si me hubieras dejado-

- No se trata de tocarlo, lo cortó su padre, más duro de lo que jamás había sido. Este bosque no nos pertenece. Entramos porque Él nos lo permite. El día en que caces para demostrar algo en lugar de para alimentar a los tuyos, ese día ya no cazarás para Él. Cazarás contra Él. Y créeme, hijo, nadie ha ganado jamás esa caza.

Arán no respondió. Tragó el ardor en su garganta, aquella humillación aún desconocida hasta entonces, y siguió a su padre en silencio durante todo el camino de vuelta.

Nunca volvió a hablar de aquel episodio. Pero algo, aquel día, se había fijado en él - una resolución silenciosa, casi una herida que llevaba sin mostrarla: nunca más sería quien hace huir a la presa. Sería quien nunca falla.

Los meses siguientes, se entrenó con un rigor que hasta Kaerón encontraba a veces excesivo. Aprendió a inmovilizar su propio aliento, a acallar hasta el latido de su corazón, a volverse, se decía ya de él en el pueblo, más silencioso que el bosque mismo. Ya no era solo un talento que se notaba - era una obsesión que se comenzaba, sin nombrarla aún, a temer un poco.

Su madre, por su parte, veía perfilarse otra cosa tras aquella disciplina nueva: ya no la alegría de un niño dotado, sino la determinación fría de alguien que ya no tiene derecho al fracaso - ni ante los demás, ni ante sí mismo.

Una noche, mientras lo observaba retallar sus flechas a la luz del fuego, mucho después de que todos los demás niños del pueblo se hubieran acostado, ella le puso una mano en el hombro.

- Tu padre ya no está molesto contigo, sabes.

- Lo sé, respondió Arán sin levantar la vista. No es por él que hago esto.

Ella no insistió. Pero aquella frase permaneció en ella, mucho tiempo, como una piedra fría en el fondo del pecho - pues, por más que buscara, no encontraba en la mirada de su hijo ni la alegría, ni el miedo, ni siquiera la ambición ordinaria de los muchachos de su edad.

No encontraba en ella más que una cosa: la certeza, ya, de que él no se detendría jamás mientras no hubiera demostrado que ningún bosque, ninguna regla, ni siquiera ningún dios, podría un día escapársele.

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Lista de capítulos

79 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 La herencia
  2. Capítulo 2Capítulo 2 La primera lección
  3. Capítulo 3Capítulo 3 Lo que los dioses no protegen

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