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Capítulo 2 Otra vez Tú
Llegando a casa, Amelia se dio cuenta de lo rápido que latía su corazón. Observó su mano y recordó la sensación de la caricia de Chris. ¿Qué tenía ese hombre que la ponía tan nerviosa? Tal vez por eso era tan tajante con él. Si mantenía las distancias, quizá podría controlar lo que sentía. Se duchó como de costumbre y esperó a que Matt despertara. Su día había comenzado con aquel inesperado ataque al corazón y ahora tenía que continuar como si nada hubiera pasado.
Después de dejar a Matt en la escuela, se dirigió a la universidad. Tenía asuntos urgentes que atender. Se aproximaba el período de inscripción para la carrera que llevaba tanto tiempo postergando y esta vez estaba decidida a terminarla. Para su suerte todavía había cupos, aunque únicamente quedaban horarios nocturnos. No había más opción. Se matriculó. De regreso a casa pensó en el sacrificio que tendría que hacer. Dejar a su hijo al cuidado de su hermana mientras estudiaba no era algo que le gustara, aunque Ernesto nunca había estado en contra de que retomara sus estudios. Era ella quien siempre sentía que todavía no era el momento. Pero habían pasado años. Matt ya estaba grande y, con el tiempo, aprendería a comprender que su mamá también necesitaba hacer cosas por ella. Semanas después... Había dejado de ir al parque.
No quería volver a encontrarse con Chris. No había razón ni motivo para provocar otro encuentro con aquel hombre. En su lugar, dedicó las primeras horas de la mañana a releer sus antiguos libros y recordar las materias que había dejado atrás. Los años de ausencia habían hecho que bajara de semestre y prácticamente tuviera que comenzar de cero, pero aquello no la desanimó. Todo lo contrario. La motivó todavía más. Finalmente llegó el gran día. Dejó a Matt con su hermana, se despidió de él con un beso y le explicó que solo serían unas horas.
-Así como tú vas a la escuela, mamá también tiene que ir a estudiar.
Le partió el corazón verlo llorar, pero sabía que lo superaría pronto. Esa era una de las habilidades de los niños: podían llorar con todo el corazón y, poco después, volver a sonreír. Llegó a la universidad a las seis en punto. Como era típico el primer día de clases, no había casi nadie. Buscó su nombre en el tablero de asignación y caminó hacia su salón. La facultad no había cambiado demasiado. Todo seguía prácticamente igual, salvo por algunos letreros nuevos que indicaban que estaba prohibido fumar dentro del edificio. Caminó por el pasillo buscando el salón Iván Pávlov. No estaba en la planta baja. Subió las escaleras hasta el segundo piso pensando que, si se había equivocado, siempre podía volver a bajar. Después de dar un par de vueltas finalmente encontró el salón 304.
Había una persona sentada en la cuarta mesa, junto a la puerta de entrada. Amelia saludó al entrar, pero no recibió respuesta. Se acercó un poco más para poder verla mejor. Su sorpresa fue enorme.
-¡Amelia! ¿Cómo estás? ¿Cómo así por aquí? -Pues... asumo que lo mismo que tú. -¿Retomarás la carrera? ¡Qué emoción! Volveremos a estar juntas. -Hay tanto que contar. No supe nada de ti desde mi embarazo. -Lo sé. Perdón por no responder tus mensajes. Estaba pasando por una situación difícil. -¿En serio? No sabía. ¿Por qué nunca dijiste nada? -Supongo que por vergüenza. Me dijiste tantas veces que Carlos me era infiel y no quise escucharte. Y bueno... estamos divorciados. -No sabes cuánto lo siento. Nunca fue mi intención hacerte daño. -Todo lo contrario, amiga. Si no hubiera sido por ti, ese maldito todavía me estaría viendo la cara. -¿Y los niños? -Les pasa la pensión y los visita los fines de semana. Fue un poco difícil para ellos, pero con el tiempo se adaptaron. -Siempre es difícil para ellos.
Katte bajó la mirada, se limpió las lágrimas que comenzaban a recorrer su rostro. Amelia la observó durante unos segundos antes de preguntar.
-¿Aún lo amas? -Nunca dejé de hacerlo. Siempre me pregunto qué hice mal. ¿Por qué se enamoró de esa mujer? -No pienses en eso. No te hagas más daño. -¿Y tú cómo has estado? ¿Cómo está tu esposo? ¿Y tu hijo? -En lo que cabe, bien. Matt tiene seis años, es muy inquieto, pero inteligente. Y Ernesto pues... hace unas semanas lo enviaron a otro destacamento. Está en otra ciudad. Hablamos a diario, aunque solo son mensajes cortos. -Lo extrañas. -¡Claro! Es mi esposo, lo amo, aunque... -Aunque... ¿qué?
Amelia soltó una pequeña risa triste. Kate respiró profundo y la miró directamente. Amelia se sonrojó e intentó desviar el tema. Para su desgracia, Katte llevaba demasiados años conociéndola como para dejar pasar aquella palabra. Antes de que pudiera insistir, la puerta se abrió. Un hombre muy elegante entró al salón. Llevaba un traje estilo italiano color gris, camisa rosa claro y una corbata de un tono rosa más oscuro. Amelia no le prestó demasiada atención. Estaba distraída guardando unas chucherías que había dejado sobre la mesa. El hombre caminó hasta la pizarra y comenzó a escribir. Katte se inclinó hacia ella.
-¿Qué pasó? Dímelo ahora. No me dejes con la intriga. -Conocí un hombre. -¿Qué?
Amelia tragó saliva. El sonido salió demasiado fuerte. El hombre frente a la pizarra dejó de escribir, aunque no se volteó. Katte se llevó una mano a la boca.
-Perdón. - ¿Quién es? ¿Cómo se llama? -Se llama Chris. Lo conocí en el parque de mi casa. No, me deja en paz. -Te gusta. -No... -No...sí...no lo sé.... aunque es peligrosamente atractivo. Para ser sincera, no lo quiero volver a ver nunca más.
El hombre continuó escribiendo. Kate volvió a acercarse. Amelia hizo una pausa. El hombre dejó de escribir. Se giró lentamente. Tomó un cuaderno de su mochila y habló. -Buenas noches, estudiantes. Mi nombre es Christopher Daniels y seré su profesor de Derechos Humanos. La sangre se le fue a los pies. Amelia se quedó completamente inmóvil. Katte la miró. Chris también.
- ¿Son solo ustedes? -Espero que no, profesor. Por lo general son pocos los que vienen la primera semana-dijo alguien de la parte de atrás-. -Mm... bueno. En ese caso esperaremos hasta el lunes para registrar la asistencia.
Amelia no encontró palabras. Katte respondió por las dos. Aunque habló para las dos, Chris no pudo evitar mirarla. Amelia bajó la mirada inmediatamente. No quería que Katte notara el color que comenzaba a subir por sus mejillas. Fue inútil. Katte ya lo había visto.
-Y... bueno, ¿qué hacemos? -preguntó. -Si no tienen más clases, pueden retirarse. -Gracias.
Amelia tomó su mochila. Salió casi corriendo. Caminó hasta el baño que estaba al final del pasillo, entró a uno de los cubículos y maldijo su suerte. ¿Cómo podía ser su profesor? Intentó usar la lógica. Pensándolo bien, la clase era de Derechos Humanos y él era abogado. Era solo una coincidencia. Además, la mayoría de los profesores del horario nocturno eran mayores y ella había estado ausente durante años. No había forma de saber que él sería su profesor. Cuando revisó la lista de docentes de la materia, ni siquiera aparecía el nombre de Christopher Daniels. Escuchó que la puerta del baño se abría. Era Katte. Estaba hablando por teléfono. Unos segundos después colgó y se dirigió directamente hacia el cubículo donde estaba Amelia.
-Ya me vas a decir qué pasó y, por favor, no insultes mi inteligencia mintiendo. -Daniels... es el hombre del parque. -Sí. - ¿El que quieres que te deje en paz? -Sí. - ¿Cómo no querer ver a ese papasito?
Amelia abrió la puerta. Katte la miró y sonrió. Amelia salió del cubículo y la miró con reproche. Se acercó al lavabo, abrió el grifo y se mojó el rostro. Su reflejo en el espejo parecía el de un fantasma. Seguía asustada. Su corazón latía a mil por hora. Se llevó una mano al pecho y luego sacó el celular del bolsillo de su pantalón. Apenas eran las seis de la tarde.
- ¿Quieres ir a tomar algo? -preguntó Katte-. Todavía es temprano y tenemos mucho que hablar. -Sí. Claro. Déjame enviarle un mensaje a mi hermana. -Y quiero que me cuentes todo sobre el profesor. .................. Amelia suspiró. Katte sonrió. Salieron de la facultad y caminaron hasta un bar que quedaba a unas cuantas cuadras de la universidad. Ya era de noche. El campus se veía diferente después de que caía el sol. Los arbustos servían como escondite para jóvenes amantes o simplemente para quienes buscaban un lugar donde recostarse sobre el césped y descansar. Los faroles proyectaban una luz entre amarilla y naranja que le daba al lugar una apariencia casi de bosque tenebroso. Al llegar al bar pidieron una jarra de cerveza. Katte encendió un cigarrillo, dio una larga pitada y expulsó el humo lentamente por la nariz. Su rostro denotaba placer.
-No sabía que fumabas. -Desde antes del divorcio. -Eso te va a matar. -Sobreviví a la infidelidad. Sobreviví al divorcio. Estoy segura de que sobreviviré a esto. -Por lo menos el cigarrillo no me engaña.
Katte sonrió, dio otra pitada. Amelia soltó una carcajada. Tomó un gran sorbo de cerveza y después encendió un cigarrillo de menta. Katte la miró con los ojos entrecerrados. Amelia sonrió y expulsó el humo haciendo una pequeña curva con la lengua.
- ¿Y no que fumar mata? -Solo quería saber si estabas consciente del daño que causa. - ¿Y tú por qué fumas? -Hace años fumaba, pero lo dejé cuando nació Matt. Ahora lo hago muy de vez en cuando.
La conversación continuó durante horas. Hablaron de sus vidas, de los años que habían pasado separadas y de todo lo que había cambiado. Amelia hablaba de lo hermoso que era ser madre y de lo sola que podía sentirse algunas veces. Katte hablaba de sus hijos y de cómo habían reaccionado al divorcio. Aurelio, su hijo mayor, había decidido quedarse con su padre. Dylan, el menor, había llorado durante los tres primeros meses después de la separación. Emy, tres años menor que Aurelio, todavía no le hablaba a su padre. Entre risas, cerveza y humo de cigarrillo, el tiempo se les pasó sin darse cuenta. Amelia miró su celular. Tenía una llamada perdida de su hermana. Le dejó un mensaje de voz por WhatsApp diciéndole que ya iba de camino. Finalmente salieron del bar. Se despidieron y tomaron un taxi cada una en direcciones opuestas. ........................... Al llegar a casa, Amelia encontró a su hermana dormida en la sala frente al televisor. La llamó suavemente.
-Anna...
Su hermana abrió los ojos, murmuró algo y se levantó para ir a su habitación. Amelia subió a la suya, se duchó y, antes de acostarse, tomó el celular y le envió un mensaje de voz a Ernesto. Mensaje de voz: -Amor, ¿cómo estás?... No me has escrito en todo el día. Espero que estés bien. Mi primer día fue tranquilo. No adivinarías a quién me encontré... ¿Recuerdas a Katte? Espero que sí. Pues está en mi salón. Aún no sé si también estará Leslie. Bueno, espero que hayas tenido un buen día. Te amo. Matt te ama. Te amamos.
Dejó el teléfono sobre la mesa de noche. Se quedó mirando el techo. Y, sin quererlo, pensó nuevamente en aquellos ojos verdes. .................... El día de Amelia pasó como de costumbre, con una pequeña variante. Ahora tenía que arreglarse para ir a la universidad. Mientras elegía qué ponerse, se sorprendió frente al espejo sonriendo. La idea que rondaba su cabeza era absurda. ¿Le gustaría a Chris? ¿Su figura se dibujaba bien con ese vestido? ¿O sería mejor utilizar jeans y una blusa de cuello de tortuga, algo más conservador? Se miró nuevamente. Terminó eligiendo lo segundo. Se despidió de Matt y de su hermana y caminó hasta la parada del metro. Ya en el bus, se colocó los audífonos y escuchó una canción de Ricardo Arjona. "Dime que no". ¿Dime que no? ¿Qué pasaría si Chris era de esos hombres que no toleraban un rechazo? La frase le pareció graciosa. Sacudió la cabeza. No. No tenía por qué pensar en eso. Puso atención a lo que ocurría a su alrededor. El metro se había llenado y había muchas personas de pie, cada una perdida en su propio mundo, utilizando audífonos y mirando hacia algún punto en el infinito. En la siguiente parada subió una mujer embarazada. Amelia no dudó en cederle su asiento. Dos paradas después llegó a su destino. Mientras caminaba hacia la facultad se alisó el cabello con los dedos, se acomodó el pantalón, se colocó un poco de perfume, crema en las manos y una menta en la boca. Su primera clase era con Chris. Y estaba muy nerviosa. Esperaba que ya hubieran llegado más compañeros. En especial Leslie. Era curioso cómo Leslie se había alejado de ellas. Las pocas veces que Katte había tocado el tema, siempre decía lo mismo: Era mejor así. Amelia no sabía por qué. Pero algo le decía que tarde o temprano descubriría la razón.
Lista de capítulos
18 capítulos en total
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