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Capítulo 3 Coincidencias
Amelia llegó a la facultad, subió hasta su salón y se sentó a esperar. Aún no había nadie, como siempre. Sacó su celular y comenzó a mirar unas fotografías antiguas de ella junto a sus amigas. Sonrió al recordar cuando conoció a Katte, seis años atrás. Ambas estaban en la fila para matricularse. A primera vista, Amelia no tuvo mucho que pensar sobre ella, Katte era de estatura baja, de complexión gruesa, cabello rojo y ojos marrones. Se hicieron amigas casi de inmediato. Habían encontrado demasiadas cosas en común. Pero cuando conoció a Leslie, la impresión fue diferente.
Leslie había llegado una semana después del inicio de clases. Era hermosa, de complexión delgada, cabello negro y ojos oscuros. Tenía una mirada coqueta que parecía saber exactamente el efecto que provocaba en quienes la observaban. Amelia deslizó otra fotografía. Recordó también la primera vez que les presentó a sus amigas a Ernesto. Él nunca había sido un hombre de muchas amistades. Las pocas personas que consideraba amigos eran amigos de años, hombres con los que había compartido demasiado como para necesitar demasiadas palabras. Aquella noche, Ernesto y Carlos hablaban tranquilamente junto al mesón de la cocina, cada uno con una cerveza en la mano. Amelia no alcanzaba a escuchar lo que decían por culpa de la música, pero sus carcajadas se escuchaban en toda la casa. Leslie se había marchado temprano sin explicar el motivo. Había sido extraño, pero su ausencia no impidió que las demás continuaran divirtiéndose. Cuando la fiesta terminó, Amelia agradeció a todos por haber asistido. Katte se quedó para ayudarla a recoger.
—Gracias por ayudarme. No deberías hacerlo, eres mi invitada. —No pasa nada. Eres mi amiga.
Amelia recogió unos vasos de la mesa y los llevó a la cocina. —¿Sabes por qué Leslie se fue así de pronto?
Katte hizo una pausa. —Mm… no tengo idea. Seguro mañana nos cuenta.
Amelia la miró. —¿Crees que a Ernesto le agradó?
Katte levantó la mirada. —No lo sé. No me fijé.
Hubo un silencio incómodo. Amelia conocía demasiado bien a su amiga para no notar que algo le molestaba.
—¿Por qué estás molesta? ¿Qué pasó?
Katte dejó el vaso que tenía en la mano. —Tú sabes cómo es Carlos.
Amelia dejó de recoger. —¿Qué hizo? —Mientras bailábamos, no dejaba de mirar a Leslie. Así que me acerqué y le pregunté si estaba bien. —¿Y qué te dijo? —Que todo estaba bien. —¿Le creíste?
Katte soltó una pequeña risa sin humor. —Claro que no.
Mientras ellas terminaban de recoger dentro de la casa, Ernesto y Carlos salieron a botar la basura. La noche estaba fresca y el ruido de la fiesta apenas llegaba hasta la calle.
—¿Cuánto tiempo llevas casado? —preguntó Carlos. —Como ocho años, sin contar el noviazgo. —Es mucho tiempo.
Ernesto sonrió. —Mucho más de lo que crees. Nos casamos después de cuatro años de novios. Ya era momento de… ya sabes, sentar cabeza.
Carlos soltó una carcajada. —¿Y cómo haces? Por lo que me contó Katte, casi no pasas tiempo en casa. —Fue difícil al comienzo, pero creo que poco a poco nos hemos acoplado.
Carlos continuó hablando de deportes, trabajo y otras cosas sin demasiada importancia. Hasta que mencionó a Leslie.
—Y… ¿qué tal? Eh… muy guapa Leslie.
Ernesto tardó un segundo en responder. —Mm… supongo.
Carlos sonrió divertido. Había conseguido incomodarlo. Era la primera vez que ambos hablaban realmente, aunque por sus esposas ya sabían algunas cosas el uno del otro. Ernesto terminó de tirar la basura y sacó un cigarrillo. Le ofreció uno a Carlos, quien lo aceptó sin dudar. Se apoyaron contra el automóvil estacionado frente a la casa.
Carlos volvió a intentarlo. —¿Ya conocías a Leslie?
Ernesto lo miró de reojo. —¿Qué te dio esa impresión? —Nada… solo tu expresión cuando tu esposa te la presentó. —No, nada que ver.
Ernesto no quiso continuar hablando del tema. Sabía perfectamente que Carlos seguiría preguntando. Terminaron sus cigarrillos y regresaron a la casa.
Más tarde, cuando Amelia y Ernesto estuvieron en la cama, ella hablaba sobre el éxito de la fiesta y los elogios que había recibido como anfitriona. Ernesto apenas escuchaba. En su mente había aparecido otro recuerdo. La primera vez que había visto a Leslie. Había sido durante la despedida de soltero de su mejor amigo. El regalo de toda la pandilla había sido una stripper dentro de una enorme caja de regalo. Ernesto había ido, pero no bebió. Era el conductor designado. Cuando la fiesta terminó, llevó a cada uno de sus amigos a casa. Después pasó por el departamento del novio para asegurarse de que todo estuviera bien y continuó su camino. Dos cuadras más adelante, vio a una muchacha haciendo señas para detener un taxi. Era muy tarde para que una joven estuviera sola en la calle. Llevaba un bolso enorme del que sobresalían unas plumas. Ernesto redujo la velocidad.
—Señorita, ¿la llevo a alguna parte?
Ella se acercó al vehículo y lo observó con desconfianza. —¿Es algún tipo de depredador, violador, asesino…?
Ernesto sonrió. —No. Soy un hombre inofensivo. Solo quiero ayudarla. —No tengo cómo pagarle. Quedaron en recogerme después de un trabajo. —Tranquila. Suba. Dígame dónde la llevo.
La muchacha dudó unos segundos antes de abrir la puerta. —Mucho gusto. Mi nombre es Leslie.
Ernesto asintió mientras la observaba por el retrovisor.
—¿Y qué hace usted a esta hora en la calle? —Soy bailarina. En ocasiones hago despedidas de soltero.
Ernesto la miró por el espejo. —Usted fue la bailarina de la despedida de César Andrade.
Leslie sonrió. —Sí. ¿Tú estabas ahí?
Lo observó unos segundos. —Ahora te reconozco. El tipo serio del fondo. Cuando me acerqué a ti me rechazaste y tus amigos te gritaron aburrido.
Ernesto soltó una pequeña risa. —Sí. Ese mismo.
Leslie inclinó la cabeza. —¿Eres gay? —No. —Nunca nadie me había rechazado. —Estoy casado. —Con que casado… ¿y tu esposa es fea y gorda?
Ernesto sonrió. —No. Ella es hermosa.
Leslie sonrió al escuchar la respuesta. —Así que felizmente casado.
Ernesto estacionó frente al edificio. —Bueno, llegamos. Sana y salva.
—Gracias, mi héroe. No me dijiste cuál es tu nombre. —Creo que así es mejor. Tómalo como la ayuda de un buen samaritano.
Leslie abrió la puerta, pero antes de bajar lo miró. —¿Y mi buen samaritano no va a acompañarme hasta la puerta? Algo podría pasarme.
Ernesto sonrió divertido. Intentó mantener la compostura, pero aquella muchacha le había removido algo que no estaba preparado para sentir. Salieron del automóvil y caminaron hasta la entrada.
—¿Qué hora es? —preguntó Leslie.
Ernesto sacó su celular. Ella se lo quitó de las manos, anotó algo y se lo devolvió. —Ahora tienes mi número.
Ernesto la miró sorprendido. —¿Para qué? —Por si algún día quieres hablar con alguien. Llámame. No importa la hora.
Ernesto extendió la mano para despedirse. Leslie la tomó. Y antes de que pudiera reaccionar, se acercó y le dio un beso. Ernesto se quedó petrificado. Pero correspondió.
Cuando se separaron, Leslie sonrió. —Tenía que pagar de alguna manera. —Eso no era necesario. —Hombres como tú no existen. No sé si volveré a verte y quería tener un recuerdo de mi buen samaritano.
Ernesto llegó a casa con el sabor de aquellos labios todavía en la boca. Mientras se duchaba cerró los ojos. Y volvió a verla. Sus ojos negros. Su cuerpo delgado, pero lleno de curvas. Su largo cabello oscuro. Al salir de la ducha encontró a su hermosa esposa dormida. Sintió un poco de remordimiento. Pero sacudió aquellos pensamientos de su cabeza. Había sido solo un momento. Algo que había pasado. Algo que él no había buscado. O al menos eso se repetía para poder dormir.
Amelia se había quedado dormida sobre la mesa mientras esperaba a sus compañeros. Katte estaba sentada a su lado revisando su celular. A su alrededor ya había más personas. Tres estudiantes ocupaban la mesa de la esquina, dos estaban en la mesa del centro y una mujer rubia de cabello corto permanecía sentada frente al pizarrón.
Amelia se frotó los ojos. —¿Cuánto tiempo me quedé dormida?
Katte levantó la mirada y sonrió. —Solo te diré que todos aquí escucharon tus ronquidos.
Amelia abrió los ojos de golpe. —¡¿Qué?!
Katte soltó una carcajada. La puerta se abrió. Y entonces volvió a sentirlo. Ese perfume. El mismo. Un nudo se formó en su estómago. Chris entró con su maletín cruzado sobre el pecho. Vestía un pantalón blanco, camisa celeste y saco y cinturón azul marino. Saludó a la clase, se disculpó por llegar tarde y comenzó a llamar a cada estudiante de la lista. Amelia respiró profundamente. Intentaba calmar su estómago. No lo consiguió.
Hasta que escuchó su nombre. —Amelia Ferrer.
Ella levantó la mano. Chris la miró. Tenía el cabello ligeramente revuelto, barba de dos días y unos lentes que ocultaban parcialmente sus ojos verdes. Su mirada parecía risueña.
Su expresión, en cambio, permanecía rígida. —Muy bien. Veo que ya están todos. Mi nombre es Christopher Daniels, para quienes no me conocen. Soy abogado y seré su profesor de Derechos Humanos.
Dejó la lista sobre el escritorio. —Mi materia no es fácil. Y lo más importante: lean. Lean mucho.
Algunos estudiantes sonrieron. —Conmigo tienen la última hora. Sé que es pesado, así que intentaremos terminar lo más pronto posible. Los llamaré por la lista para irlos conociendo.
Comenzó por los estudiantes de la mesa de la esquina. Después continuó con los del centro. Y finalmente llegó a ella.
Amelia se puso de pie. —Buenas noches. Mi nombre es Amelia Ferrer, tengo veintiséis años, estoy casada, tengo un hijo de seis años y estoy retomando la carrera porque tuve que posponerla debido a mi embarazo.
Chris la observaba con los ojos entrecerrados. Ella llevaba una blusa de cuello de tortuga. Su perfume llegaba hasta él con claridad: dulce, con suaves notas florales.
Amelia estaba a punto de sentarse cuando Chris habló. —No le he dicho que puede sentarse.
Ella lo miró confundida. —Mi presentación terminó. —Por favor, vuelva al frente y responda por qué eligió esta carrera.
Amelia frunció el ceño. —A ninguno de mis compañeros les ha preguntado eso. —Se lo estoy preguntando a usted.
Ella respiró profundamente. —Para ayudar a las personas. —¿En qué forma? ¿Ayudarlas? ¿No considera que ya existen suficientes profesionales en el campo laboral? —Supongo que sí, pero planeo especializarme…
La mujer rubia sentada frente al pizarrón levantó la mano. —Profesor, disculpe la interrupción, pero el tiempo corre y aún faltan compañeros por presentarse.
Chris la miró. —Disculpada. Ya que hizo evidente su preocupación por sus compañeros… ¿quién falta?
Todos miraron alrededor. —Así que solo falta usted. A ver, señorita, preséntese.
La joven se puso de pie. —Buenas noches, compañeros. Mi nombre es Lucrecia, pero me dicen Lu. Tengo veinticuatro años, soy soltera y en la mañana trabajo como secretaria en una importante empresa de importación y exportación.
Chris asintió. —Bueno, chicos. Para la siguiente clase traigan un ensayo sobre cómo se constituyeron los Derechos Humanos. Cerró su carpeta. —Eso es todo. Nos vemos en la siguiente clase.
Los estudiantes comenzaron a recoger sus cuadernos. Amelia tomó rápidamente su mochila. Solo quería salir. Pero Chris se acercó a ella.
Antes de que pudiera decir una palabra, Lucrecia se interpuso. —¡Chris! ¿Puedo llamarlo Chris? Tengo una duda. —¿En qué la puedo ayudar, Lucrecia? —Por favor, llámeme Lu. Chris observó por encima de ella. Amelia acababa de cruzar la puerta.
Su mirada cambió. —A ver, Lu. ¿En qué puedo ayudarla? —La tarea, ¿de cuántas páginas debe ser? —Las que usted quiera.
Tomó su maletín. —Permiso. Me tengo que ir.
Salió rápidamente detrás de Amelia. Pero ya no la encontró. Subió a su automóvil y salió por la calle principal del campus. Su celular comenzó a sonar. Miró la pantalla. Era su ex. Se orilló y contestó. —¿Qué quieres? —Quería saber cómo estabas.
Chris soltó una risa seca. —¿No es un poco tarde para eso? —Lo sé. Me equivoqué. Ya te lo he dicho de mil maneras. —Nada será suficiente.
Hubo silencio al otro lado. —Tú estarías igual si estuvieras en mis zapatos.
Ella suspiró. —Aún te amo. Chris cerró los ojos. —Sí, claro. La llamada continuó.
Pero por primera vez desde que había visto a Amelia, Chris no estaba pensando en su ex. Estaba pensando en la mujer que acababa de desaparecer por aquella puerta. Y eso era un problema.
Lista de capítulos
18 capítulos en total
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