/0/235/coverbig.jpg)
/0/25806/coverbig.jpg)
Capítulo 2 El fuego en la base
A las cinco y media de la mañana, la bruma del amanecer todavía se pegaba a los parabrisas de los camiones estacionados frente al Portón 4 de la planta logística central. El aire olía a diésel quemado, a humedad y al humo de las fogatas improvisadas que los trabajadores habían encendido en latones de aceite vacíos. La noticia de la muerte del viejo Vane había corrido como pólvora, pero el rumor de que unos ejecutivos de la capital venían a vender la empresa por partes había sido la chispa que encendió la mecha. Casi cuatrocientos hombres y mujeres, vestidos con sus chaquetas azuel marino con el logo del Grupo Vane gastado por los años, ocupaban la entrada principal. Los gritos, las pancartas y el murmullo pesado de la gente enojada se escuchaban a tres cuadras de distancia. La producción estaba completamente parada. Ningún camión de carga iba a salir hacia los puertos esa mañana. La camioneta negra de Esteban frenó a pocos metros de la multitud. Cuando bajó del vehículo, viste de jeans oscuros, botas de trabajo y una chaqueta de cuero vieja, el ruido se redujo a la mitad. Esteban no llegó con escoltas ni con guardaespaldas en traje de luces. Llegó solo. -¡Ahí viene el hijo del viejo! -gritó alguien desde el fondo de la protesta. -¡A ver qué nos va a decir ahora! -reclamó un chofer veterano, levantando un puño cerrado-. ¡Que nos paguen las liquidaciones si es verdad que quebraron! Esteban no esquivó la mirada de nadie. Caminó directamente hacia el centro de la muchedumbre, abriéndose paso entre la gente que lo rodeaba. Conocía esos rostros. Al de la izquierda le había firmado el préstamo de la empresa cuando se le enfermó la hija; con el de la derecha se había pasado noches enteras arreglando la banda transportadora del sector B durante la tormenta del año pasado. Se subió a una tarima de madera que usaban para cargar sacos y levantó las manos. No para pedir que se callaran, sino para dar la cara. -¡Escúchenme todos! -gritó Esteban, con una voz que retumbó por encima del murmulló de la masa-. ¡No vine a echarles un discurso de oficina ni a decirles mentiras! ¡El viejo se murió hace tres días y los periódicos están diciendo lo que les da la gana porque les pagan para asustar a la gente! -¡Dicen que van a cerrar la planta, Esteban! -interrumpió Don Tomás, el secretario general del sindicato, un hombre de sesenta años con la piel curtida por el sol y la cara surcada de arrugas, que llevaba treinta años manejando la maquinaria pesada de la compañía-. ¡Dicen que vienen unos tiburones de la capital a botarnos a todos a la calle sin un peso en el bolsillo! ¡Aquí nadie arranca un motor hasta que sepamos qué va a pasar con nuestro trabajo! El rugido de aprobación de la gente hizo retumbar el portón de metal. Esteban esperó a que el grito bajara de intensidad, mirando directamente a Tomás a los ojos. -Tomás, tú me conoces desde que tenía veintidós años y entré aquí a cargar cajas igual que todos ustedes -dijo Esteban, bajando un poco el tono, pero manteniendo una fuerza que hacía que todos prestaran atención-. Sabes perfectamente que yo no me escondo detrás de un escritorio cuando las cosas se ponen feas. Es verdad que mi padre dejó un desastre financiero arriba. Es verdad que hay gente en el directorio que quiere vender hasta los clavos de la pared para salvar sus propios bolsillos. Pero mientras yo tenga aire en los pulmones y la firma en esta empresa, esta planta no se cierra. -¿Y quién nos asegura eso? -gritó una de las supervisoras de embalaje desde la tercera fila-. ¡Los bancos no comen promesas, Esteban! -Se los aseguro yo -respondió Esteban, dándose un golpe firme en el pecho-. Vine hoy aquí a asumir el control temporal de la planta de manera directa. A partir de este minuto, las órdenes de la torre ejecutiva no valen nada en este portón. A mí no me importa qué contrato hayan firmado esos viejos cobardes allá arriba. Si la gente de la capital quiere cerrar esta puerta, va a tener que venir aquí en persona, bajarse de sus carros de lujo y decírmelo en la cara a mí primero, delante de todos ustedes. Un murmullo diferente empezó a correr entre los trabajadores. Ya no era de rabia, sino de respeto. En un mundo donde los dueños siempre mandaban a los abogados a dar la cara, ver al heredero parado en medio del barro prometiendo pelear la misma batalla que ellos no era algo que se viera todos los días. Esteban bajó un escalón de la tarima y se acercó a Tomás, ponindole una mano firme sobre el hombro. -Tomás, si paramos los camiones hoy, le estamos dando la razón a los que dicen que esta empresa no sirve -le dijo en voz más baja, pero lo suficientemente clara para que los líderes del sindicato escucharan-. Si no entregamos la carga del puerto a las doce del día, la multa nos va a romper las piernas y le vamos a regalar el pretexto perfecto a la firma de inversión para decir que somos insolventes. Necesito que los motores arranquen ya. No por el directorio, sino por nosotros. Para demostrarles que el Grupo Vane no son las acciones de la bolsa, sino la gente que mueve este país. Tomás miró a Esteban durante unos segundos interminables, midiendo la verdad en sus palabras. Vio la sombra de cansancio debajo de los ojos del muchacho, pero también vio la misma terquedad salvaje que había hecho fuerte a esa compañía en sus mejores tiempos. -Si nos fallas, Esteban... si nos enteramos de que estás haciendo tratos a nuestras espaldas con la gente de la capital, no solo vamos a parar la planta -advirtió Tomás con tono grave-. Quemamos los camiones en la puerta. -Si yo les fallo, Tomás, vengan y quemen la oficina conmigo adentro -contestó Esteban sin pestañear. El viejo sindicalista soltó una carcajada corta y seca, apretándole el brazo a Esteban con fuerza. Se dio la vuelta hacia la multitud y levantó el brazo derecho. -¡Ya lo oyeron todo el mundo! -rugió Tomás con voz de mando-. ¡A mover las máquinas! ¡Los turnos de la mañana entran ya! ¡Que no digan esos micones de la capital que no sabemos trabajar! El ambiente cambió en un segundo. La gente empezó a apagar las fogatas, a recoger las pancartas y a moverse hacia las bahías de carga. Los motores diésel de los enormes camiones articulados comenzaron a rugir uno por uno, llenando el aire con ese sonido pesado y constante que para Esteban era la mejor música del mundo. Esteban respiró hondo, sintiendo por primera vez en setenta y dos horas que tenía un punto de apoyo firme donde pararse. Había ganado la primera batalla: la base estaba de su lado. Pero mientras caminaba hacia el taller central para revisar los reportes de mantenimiento, su teléfono privado comenzó a vibrar en el bolsillo del pantalón. Saco el aparato y miró la pantalla. Era un mensaje de texto de un número desconocido de la capital. «Señor Vane: Su reunión con los sindicatos fue muy emotiva, pero la producción de hoy ya está comprometida en los libros contables. Estoy en su oficina del piso ejecutivo esperándolo. No llegue tarde. -Camila Ríos.» Esteban apretó el teléfono en la mano hasta que los nudillos le crujieron. La mujer ya estaba en su edificio, sentada en su piso, moviendo las fichas mientras él estaba en el barro. Miró por última vez a los camiones saliendo por el portón hacia la carretera principal y se limpió el polvo del pantalón. La tregua con los trabajadores estaba cerrada. Ahora le tocaba subir a la torre a enfrentarse a la fiera.
Lista de capítulos
36 capítulos en total
/0/22033/coverbig.jpg)
/0/21683/coverbig.jpg)
/0/24683/coverbig.jpg)
/0/24356/coverbig.jpg)
/0/2444/coverbig.jpg)
/0/26849/coverbig.jpg)
/0/26391/coverbig.jpg)
/0/26848/coverbig.jpg)
/0/23840/coverbig.jpg)
/0/23907/coverbig.jpg)
/0/23753/coverbig.jpg)