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Capítulo 3 La fiera de la capital

Cuando el ascensor privado abrió sus puertas en el piso ejecutivo de la Torre Vane, el ambiente olía a una mezcla pesada de café recién pasado y tensión. Esteban no se molestó en cambiarse la chaqueta de cuero ni en limpiarse las botas, que todavía traían restos del barro del Portón 4. Quería que esa mujer oliera el trabajo real apenas lo tuviera enfrente. Caminó a pasos largos por el pasillo de alfombra gruesa, directo a la oficina principal. Su secretaria, una señora madura que llevaba veinte años en la empresa, estaba parada junto a su escritorio con cara de pánico, sosteniendo una libreta como si fuera un escudo. -Don Esteban... -susurró la mujer, haciendo una seña nerviosa hacia la puerta entreabierta de la oficina presidencial-. Llegó hace media hora. No quiso esperar en la recepción. Entró, pidió los libros de contabilidad del último trimestre y... y se sentó en el escritorio de su padre. Esteban no respondió. Sintió cómo una chispa de rabia caliente le subía por el cuello. Empujó la puerta de madera pesada de un solo golpe, sin tocar, listo para armar un escándalo y sacarla a patadas si era necesario. Pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. Detrás del enorme escritorio de caoba que había sido de Don Roberto, sentada con una postura perfectamente recta, estaba Camila Ríos. No era la mujer mayor y amargada que Esteban se había imaginado. Tenía una elegancia afilada que parecía fuera de lugar en esa torre vieja. Llevaba un traje de saco y pantalón en color azul marino, de un corte impecable que denotaba dinero y poder sin necesidad de llevar joyas estrambóticas. Su cabello negro estaba recogido en un moño bajo, tan pulido que no se le escapaba un solo pelo, y su piel clara contrastaba con unos labios pintados de un rojo sobrio, pero firme. Pero lo que detuvo a Esteban en seco fueron sus ojos. Eran de un color avellana claro, fríos, analíticos, y lo miraban por encima de una tablet ejecutiva con la misma serenidad con la que un cirujano mira un pedazo de carne antes de hacer el primer corte. -Llega trece minutos tarde, señor Vane -dijo Camila. Su voz no era chillona ni prepotente; era suave, pausada, pero tenía una firmeza de acero que hizo eco en la habitación espaciosa. Esteban cerró la puerta a sus espaldas, caminando despacio hasta detenerse al otro lado del escritorio. Apoyó las dos manos sobre la madera, inclinándose ligeramente hacia adelante para usar su estatura e intimidarla. -Ese escritorio no es suyo, señorita Ríos -soltó Esteban, con la voz raspada por el polvo de la planta-. Y en este edificio la gente pide permiso antes de meterse a las oficinas ajenas. Camila ni siquiera pestañeo ante la cercanía de Esteban. Desconectó la tablet, la dejó sobre la mesa con un chasquido seco y cruzó las manos encima del mueble, mirándolo de arriba abajo. Se detuvo un segundo en la mancha de grasa que Esteban tenía en el puño de la chaqueta y luego volvió a fijar la mirada en los ojos oscuros del muchacho. -A partir de las ocho de la mañana de hoy, según el contrato de cesión de derechos firmado por la junta directiva y respaldado por el fideicomiso de su padre, esta oficina pertenece a la firma Blackstone-Ríos -respondió ella, sin perder la calma-. Y el puesto que ocupa esta silla es para quien tiene la autoridad de firmar los cheques. En este momento, según los balances que acabo de revisar, si yo no firmo una autorización de fondos antes del mediodía, el banco embarga tres de sus barcos cargueros en el puerto sur. Así que sugeriría que dejemos las rabietas de lado y hablemos de trabajo. Esteban soltó una risa amarga y corta, negando con la cabeza. -Ustedes los ejecutivos de la capital son todos iguales. Ven un par de números rojos en una pantalla y ya sienten que son los dueños del mundo -dijo él, golpeando la madera con el nudillo-. Abajo hay cuatrocientos hombres que acaban de encender los motores de los camiones porque yo fui a darles la cara. Esos hombres no trabajan para un fondo de inversión ni para una mujer que viste ropa de miles de dólares mientras decide a quién deja sin comer. Trabajan para mí. Si yo les digo que apaguen las máquinas, la carga no sale. Y si la carga no sale, su papelito firmado no vale ni para limpiarse las manos. Camila arqueó una ceja, imperceptiblemente sorprendida por la contundencia de la respuesta, pero su rostro no traicionó la menor emoción. Se puso de pie lentamente. No era una mujer alta, pero la forma en que mantenía los hombros rectos y la cabeza en alto hacía que no se viera pequeña frente a la figura imponente de Esteban. Caminó alrededor del escritorio hasta quedar a menos de un metro de él. Olía a un perfume fino, una mezcla de madera y flores secas que chocó de frente con el olor a diésel y sudor que traía Esteban. Era un choque de dos mundos completamente opuestos en un espacio demasiado pequeño. -Usted fue a apagar un fuego que su propio padre encendió, señor Vane -dijo ella, mirándolo fijamente a los ojos sin dar un solo paso atrás-. Y felicidades por el show con el sindicato. Fue muy dramático. Pero la realidad es que el dinero con el que les va a pagar la nómina a esos cuatrocientos hombres este viernes sale de la cuenta corriente que yo acabo de descongelar hace veinte minutos. Así que no me venga a hablar de quién mantiene viva esta empresa. Esteban apretó los dientes. Le molestaba la frialdad de esa mujer, pero le molestaba aún más darse cuenta de que no era una tonta. Sabía exactamente dónde golpear. -Usted viene a desmantelarnos -dijo Esteban, dando un paso más hacia ella, reduciendo la distancia a solo un par de palmas-. Viene a vender la división industrial, a botar a la mitad de la gente y a llevarse su comisión para irse a celebrar a un restaurante caro. Lo he visto mil veces en las noticias. Camila sostuvo la mirada, y por un segundo, un destello de una rabia muy bien controlada cruzó por sus ojos avellana. -Yo vengo a salvar lo que queda de este naufragio porque es mi trabajo -contestó ella, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro peligroso-. Si fuera por su hermano Julián, esta empresa ya estaría vendida a pedazos en una subasta judicial. Y si fuera por usted, se hundiría peleando contra los bancos abrazado a un camión viejo. Yo no soy su enemiga, señor Vane. Soy la única persona que tiene el poder financiero para evitar que su apellido termine en la basura. Pero si me sigue obstaculizando el paso, voy a tener que pasarle por encima. Los dos se quedaron en silencio, mirándose con una intensidad que hacía que el aire en la oficina se sintiera pesado, casi sofocante. No era solo la pelea por el control del imperio; era una fricción brutal entre dos voluntades de hierro que se negaban a ceder un solo centímetro de terreno. Esteban la observó detenidamente: la postura impecable, la barbilla levantada, la determinación absoluta en su rostro. Se dio cuenta de que Camila Ríos no era una marioneta del directorio ni una niña rica jugando a los negocios. Era una fiera. Y la pelea por el Grupo Vane no iba a ser una simple discusión de papeles; iba a ser una guerra a muerte. -Trate de pasarme por encima, señorita Ríos -dijo Esteban, esbozando una sonrisa oscura que no tenía nada de amigable-. A ver cuál de los dos se rompe primero. Camila no sonrió. Se limitó a acomodarse el puño del saco y regresó a su lugar detrás del escritorio, tomando la pluma estilográfica de plata que su padre siempre usaba. -Su oficina de cogestión ya está lista al fondo del pasillo -dijo ella, volviendo la vista a la tablet como si él ya no estuviera ahí-. Le sugiero que se lave las manos y revise el informe de recortes que le envié a su correo. La primera reunión de junta es a las diez de la mañana. Y no me haga esperar otra vez. Esteban la miró por última vez, dio media vuelta y salió de la oficina. Al cerrar la puerta tras de sí, dejó escapar un suspiro pesado que tenía atorado en los pulmones. La fiera ya estaba instalada en la torre, y la verdadera batalla por la supervivencia acababa de comenzar.

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Lista de capítulos

36 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El peso de una herencia podrida
  2. Capítulo 2Capítulo 2 El fuego en la base
  3. Capítulo 3Capítulo 3 La fiera de la capital

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