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Capítulo 2 Cadenas de seda y cristal
El contraste entre el barro del Distrito Bajo y el mármol pulido de la Torre Thorne era una bofetada. Hacía apenas unas horas, Elena sentía el hedor a sangre de un renegado bajo sus botas; ahora, el aroma dominante era una mezcla sofocante de perfumes franceses, champán caro y el leve tufo metálico del poder absoluto. Sostuvo la copa de cristal entre los dedos con la fuerza justa para no romperla. Llevaba un vestido de seda negra con la espalda descubierta, cortado con una precisión casi quirúrgica. El tejido se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, diseñado no para halagar su figura, sino para mostrar que no ocultaba armas. Era la vestimenta de una prisionera de lujo, una joya exhibida en un escaparate para el deleite de la élite de la ciudad. A su alrededor, el gran salón del piso sesenta resplandecía bajo lámparas de araña que imitaban la luz de la luna. Decenas de ejecutivos, miembros del consejo y Alfas menores conversaban entre risas contenidas. Todos vestían trajes a medida que ocultaban la naturaleza salvaje de sus especies, fingiendo ser hombres de negocios sofisticados mientras sus instintos primarios evaluaban las gargantas de los demás. -Te ves espectacular cuando pretendes que no quieres masacrar a todos en esta habitación -susurró una voz grave y sedosa a su espalda. Elena no se sobresaltó. Conocía ese aroma antes de que la voz resonara: amaderado, frío, con el toque inconfundible de la plata refinada. Lucian se colocó a su lado. Alto, imponente, con un traje de tres piezas perfectamente entallado y el cabello oscuro peinado hacia atrás. Su rostro poseía una belleza fría, simétrica, casi aristocrática, empañada solo por unos ojos grises que carecían por completo de calidez humana. Él era el gobernante indiscutible del imperio corporativo, un Alfa que no necesitaba rugir para hacerse obedecer; le bastaba con firmar un papel o cancelar una línea de crédito. -Me alegra saber que mi sufrimiento es de tu agrado, Lucian -respondió Elena en un tono suave, manteniendo la mirada fija en el ventanal que dominaba la ciudad iluminada. -No es sufrimiento, querida. Es disciplina -corrigió él, dando un sorbo a su copa-. Y es el precio por mantener a tu gente a salvo en los barrios bajos. A veces olvidas lo costoso que resulta limpiar los desastres de tu antiguo clan. El agarre de Elena en la copa se tensó imperceptiblemente. La deuda. Siempre la maldita deuda. Hacía tres años, cuando la Manada de la Ciudad aplastó los remanentes del antiguo territorio de Elena, Lucian no la mató. En su lugar, absorbió las pérdidas financieras del clan caído y convirtió a Elena en su deudora personal. Una cifra astronómica en dólares, astronómicamente imposible de pagar para una huérfana de los barrios bajos, diseñada meticulosamente para mantenerla amarrada a su correa de por vida. -El pago de este mes se transfirió a primera hora -dijo Elena, manteniendo la voz neutra-. Cumplí con mi parte. -La transferencia económica es solo el interés, Elena -Lucian se acercó un paso más, lo suficiente para que el calor de su cuerpo la rozara, invadiendo su espacio personal con una dominación calculada-. La principal ganancia para mí es tu presencia. Un recordatorio constante para los miembros del consejo de que incluso la línea de sangre más rebelde termina arrodillándose ante la Corporación Thorne. Lucian deslizó su mano por la espalda descubierta de Elena. Sus dedos, fríos como el hielo, trazaron la línea de su columna vertebral. A Elena se le erizó la piel por el asco, pero obligó a su cuerpo a mantenerse inmóvil. En su interior, su loba interna rascaba contra las paredes de su mente, exigiendo enterrar sus garras en la garganta del hombre que osaba tocarla como si fuera de su propiedad. Aún no, se repitió Elena a sí misma, respirando despacio. Mantén la presencia baja. Eres una beta indefensa. Una simple cobradora de deudas. Nada más. Si dejaba escapar un solo destello de la energía Alfa que había utilizado horas atrás contra el renegado en el callejón, Lucian no tardaría ni un segundo en encerrarla en los laboratorios del sótano. Él no buscaba una igual; buscaba el control absoluto. Y una Alfa de sangre pura suelta en su ciudad era una amenaza que destruiría de inmediato. -Mira a tu alrededor -continuó Lucian, guiándola suavemente del brazo hacia el centro del salón-. El señor Vance, del sector energético. La consejera Ross, de seguridad territorial. Todos ellos creen que la fuerza reside en el número de garras que puedes desplegar en el bosque. No entienden que el verdadero poder es este: tener a la criatura más orgullosa de la antigua era caminando a mi lado, sumisa y obediente. -No soy sumisa, Lucian. Soy pragmática -lo corrigió ella, mirándolo finalmente a los ojos. Lucian sonrió, una sonrisa carente de emoción que no llegó a sus ojos grises. -Esa fina línea entre el pragmatismo y la sumisión es lo que me fascina de ti. Pero no tenses demasiado la cuerda, Elena. Sé que has estado visitando los sectores periféricos. Sé que compras medicina en el mercado negro. El corazón de Elena dio un vuelco, pero su rostro no mostró la menor alteración. Mantuvo la mirada fija en él, respirando con calma fingida. -Si los ancianos de mi antiguo barrio mueren de infección, no habrá nadie para trabajar en tus fábricas secundarias -repuso ella con frialdad-. Es una inversión para asegurar que tus cuotas de producción no bajen. -Qué considerada -murmuró Lucian, inclinándose ligeramente hacia su oído. Su aliento rozó su piel-. Pero no olvides quién posee tu contrato. Si descubro que usas esos viajes para algo más que caridad... si descubro que estás intentando reunir a los remanentes de tu gente, no me limitaré a aumentar tus intereses monetarios. Empezaré a ejecutar a tus protegidos uno por uno. Y créeme, Elena, no me temblará la mano. La amenaza flotó en el aire, pesada y letal. No era una provocación vacía; Lucian había construido su imperio sobre las tumbas de quienes intentaron traicionarlo. En ese momento, un camarero se acercó a la pareja trayendo una bandeja de plata con copas de champán. Lucian tomó una y se la ofreció a Elena, mirándola con la expectativa implícita de un amo que espera que su mascota acepte el premio. Elena miró la copa y luego al hombre que la mantenía encadenada a un juego despiadado. Por un milisegundo, la imagen del renegado arrodillado en el callejón cruzó por su mente. Aquel monstruo había sentido el verdadero peso de lo que ella era, el poder ancestral de una reina Alfa. Lucian, con todo su dinero, sus trajes caros y sus guardias armados, no tenía idea de que estaba caminando al borde de un abismo. Tomó la copa con una sonrisa serena que no reflejaba el fuego destructivo que ardía en su pecho. -Por el éxito de la Corporación Thorne -dijo Elena, alzando la cristalera. -Por nuestra eterna asociación -respondió Lucian, chocando su copa con la de ella. El sonido del cristal al sonar resonó en el aire como la campanada de una sentencia. Elena bebió un sorbo del líquido burbujeante, sintiendo la mirada de decenas de depredadores sobre ella, juzgándola, deseándola o compadeciéndola. Lucian la tomó del talle con firmeza, presentándola ante un grupo de inversores que se acercaban a felicitarlo. Elena desempeñó su papel a la perfección: sonrió en los momentos adecuados, permaneció en silencio cuando los hombres hablaban de negocios y permitió que Lucian la exhibiera como el trofeo más valioso de su colección. Pero bajo la seda del vestido, sus puños estaban apretados. Cada caricia helada de Lucian, cada amenaza velada y cada mirada condescendiente de la élite de la ciudad solo agregaban combustible a la hoguera que estaba construyendo en las sombras. Lucian creía que la tenía atrapada en una jaula de cristal y oro. No sabía que las paredes de esa jaula ya comenzaban a agrietarse, y que cuando finalmente se rompieran, la bestia que saldría de su interior devoraría todo su imperio sin dejar ni las cenizas.
Lista de capítulos
70 capítulos en total
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