Saltar al contenido principal

Capítulo 3 La sala del Gran Consejo

La resaca de la gala de la noche anterior aún flotaba en el aire del piso superior de la Torre Thorne, pero no tenía nada que ver con el alcohol. Era una tensión fría y punzante. Las lámparas de araña que horas antes iluminaban vestidos de seda y trajes a medida ahora estaban apagadas, reemplazadas por la luz ceniza de una mañana nublada que se filtraba a través de las cristalerías blindadas. Elena permanecía de pie a un lado de la mesa de nogal de la sala del Gran Consejo, un par de pasos por detrás de la silla de Lucian. Su posición era estratégicamente humillante: la secretaria de alto nivel, la deudora que toma notas, la pieza de exhibición que no habla a menos que se le ordene. Llevaba una falda de tubo negra y una blusa blanca pulcra, los puños ajustados y el cabello recogido en un moño tirante. Ningún rastro del vestido de noche. Ningún rastro de la loba. A lo largo de la mesa, los siete consejeros de la ciudad -los Alfas de las manadas menores que habían vendido su autonomía a cambio de la protección y el capital de la Corporación Thorne- parecían visiblemente alterados. Los murmullos bajos retumbaban como el gruñido amortiguado de perros encerrados. -Esto no es un incidente aislado, Lucian -dijo el consejero Vance, un hombre maduro de mandíbula ancha y manos gruesas habituadas al trabajo pesado de los sectores industriales-. Es el tercer puesto de avanzada que perdemos en menos de diez días. Mi gente en la frontera norte no está desapareciendo por desertar. Los están despedazando. Lucian no se inmutó. Apoyó los codos sobre la mesa, uniendo las yemas de sus dedos en un gesto de calculada serenidad. -La frontera norte siempre ha sido inestable, Vance -repuso Lucian con su voz pausada y helada-. Los rogues se agrupan en invierno. Es una cuestión de recursos. Enviaremos dos patrullas adicionales con equipamiento ultrasónico y el problema quedará resuelto antes del fin de semana. -¡No son renegados hambrientos! -interrumpió la consejera Ross, la encargada de la seguridad territorial. La mujer se puso de pie, haciendo crujir la madera de la silla. Apoyó ambas palmas sobre la mesa y miró a Lucian fijamente-. Un grupo de renegados no ataca un convoy armado de la corporación con tácticas de pinza. No dejan los vehículos calcinados y las armas intactas mientras se llevan únicamente las reservas de carne y los suministros médicos. Elena mantuvo la mirada baja sobre su libreta digital, pero sus orejas captaron cada matiz en la voz de Ross. Módulos de suministros médicos. La palabra resonó en su mente con un eco particular. -Además -continuó Ross, bajando el tono a un susurro lleno de aprensión-, los rastreadores que enviamos a investigar el último perímetro encontraron marcas en los árboles. Marcas profundas. Hechas con garras que superan por mucho el tamaño de cualquier metamorfo urbano. Un silencio pesado cayó sobre la sala. Varios consejeros se removieron en sus asientos, intercambiando miradas incómodas. -Habla claro, Ross -ordenó Lucian, recortando la distancia con una mirada afilada-. No tenemos tiempo para mitos campesinos. -Son los salvajes de la cordillera -soltó la mujer-. La Manada de las Cumbres. Han bajado de la nieve. Un murmullo de incredulidad y temor recorrió la mesa. -Imposible -intervino Vance, aunque su voz carecía de convicción-. Llevan casi una década aislados en las montañas superiores. El terreno es inaccesible y su población estaba al borde de la hambruna. No tienen la capacidad logística para cruzar la línea de contención sin que los satélites de la corporación los detecten. -A menos que ya no estén hambrientos -murmuró Elena en un tono casi imperceptible. La atención de la mesa se desplazó hacia ella por un segundo. Lucian giró la cabeza despacio, fijando sus ojos grises en Elena con una advertencia helada por haber roto el protocolo de silencio. -Habla, Elena -dijo Lucian, permitiéndoselo solo para demostrar que mantenía el control absoluto de la reunión-. Ilustra a los consejeros con tu perspectiva de los barrios bajos. Elena dio un paso al frente, adoptando la postura dócil que Lucian esperaba, aunque midiendo cada palabra con precisión quirúrgica. -Si me permite, señor Thorne... los rumores en los distritos periféricos no hablan de incursiones desesperadas. Los contrabandistas del norte dicen que las patrullas de las Cumbres no están buscando alimento. Están buscando territorio. Dicen que hay un nuevo liderazgo en las montañas. Alguien que ha unificado a las familias nómadas bajo un solo mando. -Mitos de borrachos -desestimó Vance con un ademán de la mano, intentando ocultar el sudor que comenzaba a brillar en su frente-. Ningún Alfa salvaje tiene el intelecto para someter a los clanes de la cordillera. Se habrían matado entre ellos antes de cruzar la primera meseta. -A menos que el nuevo Alfa no les haya dado la opción de elegir -añadió Ross, mirando a Lucian-. Los informes que recibí esta mañana mencionan a un hombre. Un tipo enorme, cubierto de cicatrices, que no acepta rendiciones. Lo llaman el Devorador de Reyes... o Gideon. Al escuchar ese nombre, algo invisible y violento pareció atravesar el aire de la habitación. Elena sintió una punzada repentina en el pecho, una vibración extraña que no provenía de su mente, sino de su propia sangre. Fue una descarga eléctrica sutil, un escalofrío que le erizó los vellos de los brazos bajo la tela de la blusa. La loba en su interior, que solía permanecer dormida y encadenada bajo su estricto autocontrol, alzó la cabeza y soltó un bajo gruñido de reconocimiento. Gideon. Elena apretó los dedos contra el borde de su libreta para disimular el leve temblor de sus manos. No conocía a ningún Gideon. Nunca había estado en la cordillera del norte. Sin embargo, la sola mención de ese nombre había despertado una resonancia ancestral en su linaje Alfa, una advertencia biológica de que un peligro masivo -o una fuerza igual a la suya- se aproximaba a la ciudad. Lucian notó la vacilación de los consejeros y se puso de pie. Su presencia dominó la sala de inmediato, proyectando una autoridad fría que sofocó el pánico emergente. -Suficiente -sentenció Lucian con voz de mando-. No voy a permitir que historias de fantasmas arruinen las proyecciones financieras del trimestre ni que siembren el caos entre la población. Ross, duplica la guardia en las estaciones de monitoreo del norte. Si hay salvajes en las fronteras, los cazaremos como a las bestias que son. Y si ese tal Gideon existe, su cabeza terminará adornando el vestíbulo de esta torre para recordarles a todos lo que le ocurre a quienes desafían a la Corporación Thorne. Los consejeros asintieron, visiblemente aliviados de que su líder tomara las riendas con tanta frialdad, aunque la tensión no desapareció del todo. -La reunión ha terminado -concluyó Lucian. Uno a uno, los miembros del consejo recogieron sus pertenencias y abandonaron la sala, dejando tras de sí un rastro de murmullos nerviosos. Elena comenzó a ordenar los documentos digitales en la pantalla central, manteniendo la cabeza agachada. Cuando la puerta de roble pesado se cerró, dejando la sala en completo silencio, Lucian caminó lentamente hacia el ventanal. Miró hacia las montañas del norte, cuyas cumbres nevadas penas se vislumbraban entre la niebla densa de la mañana. -Gideon... -murmuró Lucian para sí mismo, con un tono en el que se mezclaba el desprecio y una peligrosa curiosidad-. Un perro sin bozal intentando jugar a la guerra. Se giró hacia Elena. Se acercó a ella con pasos firmes hasta quedar a pocos centímetros. Con el dorso de su índice, le levantó la barbilla, obligándola a mirarlo directamente a los ojos. Sus dedos estaban fríos, como de costumbre. -Hablaste más de la cuenta ahí dentro, Elena -dijo él, sin elevar la voz, pero con una amenaza latente-. ¿De dónde sacaste exactamente esos rumores de los contrabandistas? Elena sostuvo la mirada gris de Lucian sin pestañear, manteniendo la pulsiación de su corazón bajo un control absoluto. -De los mismos callejones donde me pides que cobre las cuotas secundarias, Lucian. La gente del pueblo habla cuando tiene miedo. Y ahora mismo, tienen más miedo de lo que baja de las montañas que de tus patrullas. Lucian la examinó durante un largo segundo, buscando cualquier grieta en su fachada de secretaria obediente. Finalmente, la soltó con un gesto despectivo. -Que tengan miedo es bueno. Los mantiene dóciles -dijo él, dándole la espalda mientras caminaba hacia su escritorio-. Prepárate. Esta noche acompañarás al escuadrón de inspección al puesto de avanzada del sector cuatro. Quiero que evalúes los daños con tus propios ojos y me traigas un informe detallado. Si hay algo que esos brutos de la montaña están buscando en mi territorio, quiero saberlo antes que Ross. -Entendido, señor Thorne -respondió Elena con una reverencia formal. Salió de la sala del Gran Consejo a paso constante. Solo cuando ingresó al ascensor privado y las puertas de metal se cerraron, se permitió soltar un largo suspiro. Apoyó la espalda contra el espejo del ascensor y miró su reflejo. Sus ojos castaños brillaron por una fracción de segundo con un destello dorado salvaje. Tocó su pecho, donde la marca invisible de su linaje aún latía con fuerza ante el eco del nombre pronunciado en la reunión. El juego de manipulación que llevaba contra Lucian estaba a punto de volverse mucho más complejo y sangriento. La ciudad no solo estaba rodeada por las cadenas de plata de la corporación; ahora, una bestia sin control amenazaba con derribar las puertas desde afuera. Y Elena, atrapada en el medio, sabía que el caos que se avecinaba sería la oportunidad perfecta para encender la chispa de su propia libertad.

Esto es todo lo disponible por ahora.

Sigue leyendo para continuar la historia.

Continuar leyendo

Lista de capítulos

70 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 Sombras en el asfalto
  2. Capítulo 2Capítulo 2 Cadenas de seda y cristal
  3. Capítulo 3Capítulo 3 La sala del Gran Consejo

Novedades