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Capítulo 2 La Máscara de la Normalidad

El sol entraba a raudales por las cortinas de lino cuando Catalina abrió los ojos, y por un instante, apenas un segundo, olvidó todo. Luego la memoria de la noche anterior regresó como una ola fría: el restaurante, la vela, la mano de Samuel apartando el cabello de Gracia.

Se quedó mirando el techo un momento, respirando lentamente, antes de levantarse.

Había decidido algo mientras la casa dormía: nadie notaría el cambio. Ni Samuel, ni Soledad, ni siquiera Flora. Sonreiría, prepararía el desayuno, iría a la fábrica como cualquier otro día. Su furia, su decepción, su plan-todo eso viviría bajo llave, tan bien guardado como el sobre en el cajón de su escritorio.

Bajó a la cocina y encontró a Samuel ya sentado a la mesa, revisando su teléfono con el ceño fruncido, una taza de café humeante frente a él.

-Buenos días -dijo Catalina, sirviéndose zumo de naranja con una calma que le costó fabricar.

Samuel levantó la vista apenas un segundo. -Buenos días. Perdona lo de anoche, la reunión se alargó más de lo previsto.

Ninguna mención de su cumpleaños. Ninguna disculpa por haberlo olvidado. Catalina asintió, untando mantequilla en una tostada con una precisión casi quirúrgica, como si aquel gesto simple pudiera anclarla a la normalidad que estaba fingiendo.

-¿Mucho trabajo esta semana? -preguntó, y se sorprendió a sí misma por lo natural que sonó su voz.

-Lo de siempre. Gracia y yo estamos cerrando la fusión con el grupo asiático. Es delicado.

Ahí estaba de nuevo ese nombre, pronunciado con una familiaridad que a Catalina, apenas veinticuatro horas antes, no le habría llamado la atención. Ahora cada sílaba le sonaba distinta, cargada de un significado que Samuel ni siquiera sospechaba que ella hubiera empezado a descifrar.

-Suena importante -dijo simplemente, y se levantó para llevar a Flora al colegio.

En el auto, con su hija cantando una canción inventada en el asiento trasero, Catalina permitió que su mente vagara. Fusión con el grupo asiático. Llevaba meses escuchando esa frase en boca de Samuel, pero nunca le había prestado verdadera atención-había estado demasiado ocupada intentando salvar su matrimonio como para preocuparse por los negocios de su esposo. Ahora, sin embargo, cada detalle le parecía una pieza de un rompecabezas que apenas empezaba a armar.

Después de dejar a Flora, condujo directamente a las oficinas centrales de Delvaux Industries, no a su propia fábrica textil. Necesitaba ver a Beatriz.

Encontró a su amiga en su despacho del quinto piso, rodeada de gráficos financieros y con dos teléfonos sonando a la vez. Beatriz Lozano llevaba el pelo recogido en un moño severo y las gafas subidas sobre la cabeza, señal inequívoca de una mañana ya complicada.

-Catalina -dijo, sorprendida, colgando uno de los teléfonos-. No te esperaba. ¿No deberías estar en la fábrica?

-Necesito hablar contigo. A solas.

Algo en el tono de Catalina hizo que Beatriz cerrara la puerta del despacho de inmediato.

-¿Qué pasó?

Catalina se sentó, cruzó las manos sobre el regazo, y por primera vez desde la noche anterior, sintió que la máscara de calma que llevaba puesta amenazaba con resquebrajarse.

-Los vi anoche. A Samuel y a Gracia. En El Faisán Dorado.

El rostro de Beatriz cambió, apenas un instante, pero Catalina lo captó: no fue sorpresa. Fue algo parecido al alivio de quien por fin puede dejar de guardar un secreto.

-Catalina...

-Tú lo sabías.

-No sabía nada con certeza -dijo Beatriz rápidamente-. Solo... rumores. Cosas que se dicen en los pasillos. Que Gracia pasa demasiado tiempo con Samuel, que hay reuniones que no aparecen en ninguna agenda oficial. Pero nunca quise decirte nada sin pruebas, no quería hacerte daño por simples habladurías.

Catalina asintió lentamente. No sentía rencor hacia Beatriz, solo una fatiga profunda ante la idea de que aquello llevara circulando por la empresa el tiempo suficiente como para convertirse en rumor de pasillo antes de llegar a sus propios ojos.

-No voy a montar un escándalo -dijo finalmente-. No todavía.

-¿Qué vas a hacer?

-Necesito que me ayudes con algo. Discretamente.

Beatriz se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. -Te escucho.

-Quiero saber todo lo que puedas averiguar sobre la fusión con el grupo asiático. Quién la propuso, quién se beneficia, y sobre todo, qué papel exacto juega Gracia en ella. Algo me dice que su cercanía con Samuel no es solo... personal.

Una sombra de comprensión cruzó el rostro de Beatriz. -Crees que hay algo más. Algo financiero.

-No lo sé todavía. Pero Gracia llegó al consejo hace apenas dos años y ya está prácticamente al mando de la operación más grande que ha tenido este grupo en una década. Eso no ocurre por casualidad, y menos en una empresa tan tradicional como esta.

Beatriz se quedó pensativa un momento, tamborileando los dedos sobre la mesa. -Puedo revisar algunos documentos sin levantar sospechas. Pero tienes que prometerme algo, Catalina.

-¿Qué?

-Que sea lo que sea que encontremos, no actuarás sola. Esta gente juega fuerte. Si Gracia realmente está tejiendo algo dentro de la empresa, y Samuel está involucrado, necesitas tener toda la información antes de dar un solo paso.

Catalina sonrió, una sonrisa fría y decidida que Beatriz no le había visto en mucho tiempo.

-Por primera vez en meses, no tengo ninguna prisa. Voy a tomarme el tiempo que haga falta.

Salió de la oficina con una sensación extraña, como si hubiera cruzado una línea invisible de la que ya no había vuelta atrás. Ya no era solo la esposa herida que descubre una infidelidad. Era una mujer que empezaba, pieza por pieza, a reconstruir el control sobre su propia vida-y quizás, sobre algo mucho más grande de lo que había imaginado.

Esa tarde, de vuelta en la villa, Catalina encontró un mensaje de texto de Samuel: *"Cena de trabajo esta noche, no me esperes despierta."*

No respondió. En cambio, subió a jugar con Flora, quien le mostró un nuevo dibujo, esta vez solo de las dos, madre e hija, tomadas de la mano bajo un cielo estrellado.

-¿Y papá? -preguntó Catalina, con curiosidad genuina, señalando la ausencia en el dibujo.

Flora se encogió de hombros, con esa honestidad brutal que solo tienen los niños. -Papá siempre está ocupado. Por eso no lo dibujé.

Catalina abrazó a su hija con fuerza, sintiendo que aquellas palabras, dichas sin malicia alguna, confirmaban todo lo que necesitaba saber sobre el estado real de su familia.

Esa noche, sola en su habitación, Catalina sacó su teléfono y guardó el número directo de un investigador privado que una antigua compañera de universidad le había recomendado años atrás, en broma, durante una cena en la que hablaban de maridos infieles como si fuera algo que solo les pasaba a otras.

No marcó el número. Todavía no.

Pero lo guardó.

Continuará...

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35 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El Vestido Rojo y el Silencio
  2. Capítulo 2Capítulo 2 La Máscara de la Normalidad
  3. Capítulo 3Capítulo 3 El Nombre en el Contrato

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