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Capítulo 1 El Gran Premio de Bahréin

El calor del desierto de Sakhir aún se filtraba a través del chasis de carbono, pero dentro del cockpit del monoplaza número 7, el aire se sentía helado. Lucas Vance apretó los dedos contra el cuero del volante. Faltaban tres curvas para la bandera a cuadros. -Lucas, mantén el ritmo. Le llevas cuatro segundos a Van Doren -la voz de Elena sonó limpia por el radio, sin rastro del pánico que él sabía que ella sentía en el muro de boxes. -Entendido -respondió él. Su voz salió demasiado grave, casi un rasguño. El indicador digital del volante parpadeó en rojo. No era una falla en la presión del aceite ni en el desgaste de los neumáticos. Era su pulso. La pantalla marcaba 210 pulsaciones por minuto, un número que habría hecho colapsar a cualquier atleta normal, pero que para Lucas significaba algo mucho peor: la sangre le estaba hirviendo. El olor a combustible quemado, el sudor de la masa de fanáticos en las tribunanas y el aroma a caucho frito entraban por la visera del casco con una intensidad cegadora. Sus sentidos se estaban expandiendo rápido, demasiado rápido. El motor V6 turbo rugía a más de quince mil revoluciones por minuto detrás de su cabeza, pero para Lucas el sonido empezó a distorsionarse, convirtiéndose en un latido sordo. Fijó la mirada en el punto de frenada de la curva diez. Bajo la luz artificial de los reflectores de Bahréin, sus pupilas se contrajeron de forma instintiva, buscando una penumbra que no existía. Detrás de él, el coche rojo de Marc Van Doren intentó acortar distancias en la recta principal. Marc apuró la frenada al límite, soltando chispas contra el asfalto. Un conductor humano habría mirado por el retrovisor y ajustado la línea de defensa. Lucas no necesitó mirar; olió el sobrecalentamiento de los frenos del coche de Marc antes de que este siquiera cruzara la línea del vértice. Con un movimiento seco y milimétrico de las muñecas, Lucas colocó el monoplaza en la trayectoria perfecta, cerrando cualquier hueco de paso. El coche respondió con una precisión absoluta, rozando el piano sin perder un solo kilómetro por hora de tracción. -Dos vueltas, Lucas. Solo dos vueltas -repitió Elena por la frecuencia privada. Había un código implícito en su tono: controla la bestia. Lucas apretó los dientes. Sentía las encías inflamadas, la presión sorda detrás de sus colmillos intentando abrirse paso. Clavó las uñas contra la tela ignífuga de los guantes. Si rompía el cuero, los mecánicos lo notarían al quitarle el equipo en el parque cerrado. Contuvo el aire, forzando a su diafragma a ralentizar el ritmo cardíaco de forma artificial. En la pantalla del volante, los números cayeron bruscamente de 210 a 45 en menos de dos segundos. Un fallo biológico imposible. Cruzó la última curva, aceleró a fondo en la recta final y vio la bandera a cuadros agitarse bajo los focos de Sakhir. -¡Victoria, Lucas! ¡P1! Carrera impecable -gritó el ingeniero de carrera por la radio pública del equipo. Lucas no celebró. No levantó el puño ni gritó de alegría. Soltó el acelerador, completó la vuelta de honor en silencio y guio el monoplaza hacia la zona del parque cerrado, justo debajo del podio. Detuvo el motor. El silencio repentino de la máquina fue reemplazado por el murmullo ensordecedor de las prensas y los vítores de la grada. Antes de que los fotógrafos pudieran acercarse, Elena ya estaba al lado del habitáculo. Llevaba la carpeta de la telemetría apretada contra el pecho y una toalla sobre el brazo. -No te quites el casco todavía -murmuró inclinándose sobre la cabina, pretendiendo felicitarlo. -Me está quemando la piel, Elena -dijo él sin levantar la visera. -Los datos de la FIA acaban de registrar un salto cardíaco de cero a doscientos diez en medio segundo. Creen que el sensor del chaleco está roto, pero los comisarios ya vienen hacia el garaje. Tienes que salir de aquí. Lucas apoyó ambas manos en el borde del cockpit y se impulsó hacia afuera. Sus movimientos eran demasiado fluidos, carentes del cansancio extremo que demuestra cualquier piloto tras hora y media de carrera en el desierto. Saltó al suelo con una ligereza extraña, esquivando las cámaras y dirigiéndose directamente al pesaje obligatorio. Marc Van Doren se quitó el casco a pocos metros de él. Estaba empapado en sudor, respirando con dificultad y con el rostro congestionado por el esfuerzo. Miró a Lucas de arriba abajo, deteniéndose en la postura rígida de su rival. -Buen trabajo, Vance -dijo Marc, acercándose con la mano extendida. Sus ojos examinaban cada detalle-. Pareces bastante fresco para alguien que acaba de marcar el récord de vuelta en la última vuelta con gomas desgastadas. Lucas no le estrechó la mano inmediatamente. Mantuvo la visera oscura abajo, consciente de que sus ojos aún reflejaban un tinte dorado bajo la luz de los focos. -El coche estuvo perfecto hoy, Marc -respondió Lucas, manteniendo la voz lo más neutra posible antes de darse la vuelta y caminar a paso firme hacia el interior del edificio del motorhome. Elena lo siguió de cerca, bloqueando el paso a dos periodistas que intentaron ponerle un micrófono enfrente. Cerró la puerta del vestuario privado con pestillo y de inmediato desplegó su ordenador portátil sobre la mesa. -La FIA acaba de enviar un correo -dijo Elena, tecleando a toda velocidad-. Quieren revisar la unidad de control y los parches biométricos de tu mono antes de la conferencia de prensa. Dicen que tus datos telemétricos no tienen sentido físico. Lucas se retiró el casco de un solo tirón y lo dejó caer sobre el sofá. Se miró en el espejo: sus pupilas seguían dilatadas al máximo, ocupando casi todo el iris, y una fina capa de sudor frío le cubría la frente. Se miró las manos; las puntas de los dedos estaban amoratadas por la presión de las garras intentando salir. -¿Cuánto tiempo tenemos antes de la luna llena en Spa? -preguntó Lucas, respirando hondo para calmar la agitación en su pecho. Elena levantó la vista de la pantalla. Su cara reflejaba una gravedad absoluta. -Cinco carreras. Y si los comisarios descubren lo que provocó ese pico de tensión en tu sangre hoy, ni siquiera llegaremos a Bélgica.

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Lista de capítulos

34 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El Gran Premio de Bahréin
  2. Capítulo 2Capítulo 2 En la penumbra del motorhome
  3. Capítulo 3Capítulo 3 El primer requerimiento

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