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Capítulo 1 El Banquete de las Cenizas

El Gran Salón de Garra de Roble apestaba a carne asada, vino añejo y arrogancia. Cientos de antorchas ardían en los apliques de hierro forjado, arrojando sombras titilantes sobre los estandartes dorados que colgaban de los altos techos abovedados. Más de quinientos lobos de la nobleza local reían, chocaban jarras de barro y festejaban el Solsticio de Invierno. Todos ellos ignoraban, o fingían ignorar, la ejecución emocional que estaba a punto de llevarse a cabo. Astrid permanecía de pie en un rincón apartado de la galería superior, vestida con un sencillo vestido de lana gris ceniza que no llamaba la atención de nadie. Sus manos, aparentemente frágiles y pálidas, descansaban cruzadas sobre su regazo con una calma que cualquier observador casual habría confundido con resignación. Durante setecientos treinta días -dos años enteros de paciencia corrosiva- se había asegurado de cultivar esa imagen: la huérfana inofensiva, la loba sin garras, la prometida que apenas levantaba la voz cuando los guardias se burlaban de su estirpe caída. Había soportado cada desaire, cada mirada compasiva y cada humillación calculada por una sola razón. La venganza no se sirve caliente en el primer arrebato de ira; la verdadera venganza se congela hasta convertirse en una aguja de hielo que perfora el corazón del enemigo sin que este sienta el frío hasta que ya se está desangrando. En el estrado principal, sobre un trono tallado en una sola pieza de roble milenario, Kieran lucía deslumbrante. Su armadura ceremonial de bronce pulido reflejaba el fulgor de las llamas, y su mandíbula cuadrada lucía rígida por la falsa solemnidad. A su derecha no estaba el asiento reservado para Astrid, sino un sillón tapizado en terciopelo carmesí donde se sentaba Camille. Llevaba un vestido de seda escarlata con un escote pronunciado y una tiara de perlas de río que Kieran había mandado a traer del sur hacía tres semanas, pagada con los impuestos de las granjas fronterizas. -¡Silencio ante el Alfa! -rugió Boros, el fornido lugarteniente de Kieran, golpeando el asta de su lanza contra las baldosas de piedra. El bullicio de los comensales se apagó como una vela soplada por el viento invernal. Las risas se cortaron, los sirvientes detuvieron sus bandejas y las miradas de los ancianos del Consejo se clavaron en la tarima. Kieran se puso de pie con lentitud coreografiada. Sabía que los ojos de toda la manada estaban sobre él, y su pecho se hinchó con la vanidad embriagadora del depredador que se cree dueño indiscutible del bosque. -Hermanos de Garra de Roble -comenzó Kieran, modulando su voz para que el tono profundo y autoritario de su rango de Alfa vibrara en los huesos de los presentes-. Esta noche celebramos el renacimiento de la luz sobre la oscuridad. Pero un líder no puede guiar a su pueblo hacia la gloria si carga a su espalda con un fardo que amenaza con arrastrarnos al abismo. Una serie de murmullos cómplices recorrió las mesas de los nobles. Varios miraron de reojo hacia el rincón donde aguardaba Astrid. -Durante dos años -continuó Kieran, fijando su mirada dorada en Astrid con una frialdad ensayada-, he intentado por todos los medios despertar el espíritu de una compañera digna. He esperado con paciencia que la sangre de los caídos floreciera en dignidad. Pero los dioses no pueden ser forzados, y Garra de Roble no puede permitirse una Luna que tiembla con el viento y cuya loba ni siquiera es capaz de emitir un aullido de guerra. Una manada fuerte requiere una reina fuerte. Camille sonrió con coquetería desde su asiento, acariciando la copa de plata con dedos cargados de sortijas de oro. En sus ojos brillaba el triunfo mezquino de quien cree haber ganado una batalla sin haber arriesgado el cuello jamás. -¡Astrid de la Casa de Plata! -llamó Kieran, extendiendo su mano hacia el centro del salón con desdén-. Desciende ante el estrado y acata la voluntad de tu señor. Astrid no se apresuró. Ajustó el dobladillo de su modesta túnica y comenzó a bajar las escaleras de piedra con pasos medidos, suaves y rítmicos. Cada pisada resonaba en el silencio absoluto del recinto. Por dentro, su loba -aquella a la que todos creían dormida o atrofiada- no temblaba; se relamía los colmillos con una ferocidad contenida que amenazaba con quemarle las venas. La bestia interna de Astrid sabía lo que venía: el momento exacto en que la trampa que habían cavado durante dos largos años se cerraría sobre la garganta de Kieran. Al llegar frente al estrado, Astrid se detuvo a tres metros de distancia. No bajó la cabeza. Mantuvo la barbilla erguida, lo que provocó que Kieran frunciera el ceño ligeramente, irritado por la falta del temblor habitual en los hombros de su prometida. Kieran desenvainó la daga ritual de hueso de oso que descansaba en su cinto y se cortó superficialmente la yema del pulgar, dejando caer tres gotas de sangre carmesí sobre el cuenco de cobre que reposaba en el altar de la manada. -Ante los ojos de nuestros ancestros, ante el Consejo de Ancianos y bajo la luz de la luna menguante -proclamó Kieran con voz atronadora-, yo, Kieran, Alfa gobernante de la Manada Garra de Roble, te rechazo formal y públicamente a ti, Astrid, como mi mate predestinada y futura Luna de este territorio. Quedas despojada de todo título, de toda dote y de todo reclamo sobre mi sangre. Un silencio sofocante cayó sobre el salón. Varios nobles contuvieron el aliento esperando el estallido habitual: lágrimas desesperadas, una mujer arrojándose a los pies del Alfa implorando misericordia, o la humillación pública de quien es desterrada a las cocinas o a las tierras salvajes. Pero las lágrimas no llegaron. En su lugar, los labios de Astrid se curvaron en una sonrisa. No era una sonrisa temblorosa de histeria o dolor, sino una mueca gélida, precisa y afilada como una hoja de afeitar. Una chispa dorada, profunda y peligrosa relampagueó en el fondo de sus pupilas avellana. Kieran retrocedió medio paso de manera involuntaria, desconcertado por esa expresión que jamás había visto en el rostro de la mujer a la que había pisoteado a diario. -¿Te estás riendo? -escupió Kieran, su voz perdiendo por un instante la serenidad del Alfa para teñirse de una molestia visceral-. ¿Acaso la pérdida de juicio acompaña a tu debilidad, Astrid? Astrid metió la mano bajo los pliegues de su capa gris. Varios guardias tensaron las empuñaduras de sus espadas, pero lo que Astrid extrajo no fue un arma. Era un rollo de pergamino amarillento atado con un cordón de cuero negro y sellado con un bloque pesado de cera oscura. Sobre la cera no estaba el blasón de Garra de Roble, sino el cuervo tricéfalo del Alto Tribunal de las Manadas. Con un movimiento seco y rotundo, Astrid avanzó dos pasos, sacó una pequeña daga de acero puro que llevaba oculta en su manga y la clavó con fuerza salvaje en el centro de la mesa principal del estrado, atravesando el mantel bordado y fijando el pergamino a la madera. El estrépito de la madera partida resonó como un trueno en la estancia. Los Ancianos del Consejo se pusieron de pie de un salto, palideciendo al unísono al reconocer el sello imperial. Astrid levantó la mirada y clavó sus ojos en los de Kieran, su voz resonando con una autoridad que hizo enmudecer a los quinientos comensales: -Gracias, Kieran. Estuve esperando exactamente setecientos treinta días para que pronunciaras esas palabras.

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Lista de capítulos

50 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El Banquete de las Cenizas
  2. Capítulo 2Capítulo 2 El Código de Sangre
  3. Capítulo 3Capítulo 3 La Despedida de las Sombras

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