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Capítulo 3 La Despedida de las Sombras

El ala este de la fortaleza estaba sumida en un silencio sepulcral cuando Astrid empujó la pesada puerta de roble de sus aposentos. La orden de Kieran ya se había hecho efectiva con la velocidad ruin propia de los tiranos: las dos doncellas que antes la atendían habían sido desalojadas a gritos por los guardias, el fuego de la chimenea no había sido atizado y las pocas velas de sebo apenas iluminaban los rincones de la estancia helada. Astrid no encendió más luces. No las necesitaba. En la oscuridad, sus ojos dorados veían con una nitidez sobrehumana que jamás había revelado a nadie en Garra de Roble. Caminó directamente hacia el armario empotrado en el muro norte, donde guardaba los vestidos austeros que Kieran le obligaba a vestir para proyectar la imagen de una loba insignificante. Astrid empujó la estructura de madera hacia la izquierda hasta escuchar el chasquido sordo de un resorte metálico. Detrás del panel trasero no había mampostería, sino un compartimento secreto de un metro de profundidad tallado directamente en la roca viva del castillo. Allí descansaban sus verdaderas pertenencias, los tesoros que había rescatado de las cenizas la noche en que su clan fue masacrado cuando ella apenas tenía dieciocho años. Con reverencia casi religiosa, Astrid extrajo una pechera de cuero endurecido de lobo estepario, teñida de marrón coñac y reforzada en los costados con placas flexibles de aleación ligera. No era una armadura tosca como las que usaban los guerreros de Kieran, sino una obra maestra de artesanía de la Casa de Plata, diseñada para permitir una movilidad total sin sacrificar la protección contra mordiscos y estocadas. A su lado reposaban dos dagas gemelas de hojas curvadas forjadas en acero estelar, con empuñaduras envueltas en piel de ciervo y guardas con relieves de plata pura: las hojas gemelas de su madre. Junto a las armas había un morral de viaje de lona encerada que contenía lo más peligroso que poseía: tres cuadernos encuadernados en cuero negro que contenían los registros contables secretos de Kieran, sus acuerdos ilícitos con contrabandistas del sur y, lo más importante, las cartas confidenciales enviadas por un remitente que solo firmaba con un sello de cera en forma de serpiente enroscada en una calavera. —¿Haciendo las maletas para mendigar en el bosque, basurilla? —resonó una voz chillona y empapada de rencor desde el umbral de la puerta. Astrid no se sobresaltó. Ya había olido el perfume empalagoso de flores de jazmín y el rastro etílico de vino dulce diez segundos antes de que Camille pisara el pasillo. Camille entró en la habitación tambaleándose levemente sobre sus zapatillas bordadas. Sostenía en la mano derecha una copa de cristal con vino especiado, y su tiara de perlas estaba ligeramente torcida sobre su peinado elaborado. Los guardias que debían custodiar el pasillo no estaban; Kieran los había convocado a todos a una reunión de emergencia en el salón de guerra, dejando a su nueva consorte libre para saciar su vanidad herida. —Creíste que fuiste muy inteligente ahí abajo, ¿verdad? —dijo Camille, dando un sorbo a su copa mientras cerraba la puerta tras de sí con el pie—. Código de Sangre... Reclamación de territorio... ¿De verdad crees que alguien en este continente te va a tomar en serio? Eres una huérfana patética a la que Kieran mantuvo bajo este techo por pura lástima. Si no fuera por la comida que te dimos, habrías muerto congelada hace dos inviernos. Astrid terminó de abrocharse la funda de las dagas en los muslos con movimientos metódicos y precisos. No se dio la vuelta de inmediato. —Deberías estar en la cama de Kieran celebrando tu victoria, Camille —dijo Astrid con un tono suave y desapasionado—. En lugar de eso, vienes a mi cuarto como un sabueso buscando migajas de atención. ¿Tanto miedo te da que no haya llorado ante tu coronación? La mención del miedo golpeó a Camille como una chispa en pólvora seca. La mujer arrojó la copa contra el suelo de piedra; el cristal estalló en mil pedazos salpicando vino rojo contra las faldas de su vestido escarlata. —¡No te tengo miedo, perra insignificante! —gritó Camille, dando tres pasos furiosos hacia ella con la mano alzada lista para propinarle una bofetada—. ¡Mañana mismo le rogaré a Kieran que envíe a los rastreadores para que despedacen a tu loba en el bosque! ¡Nadie se burla de mí frente a toda la corte y sobrevive para...! Camille no llegó a terminar la frase. En una fracción de segundo, antes de que la mano de Camille pudiera descender un solo centímetro, la figura aparentemente dócil de Astrid desapareció del campo visual de la cortesana. El aire se desplazó con un silbido sordo y, antes de que Camille pudiera parpadear, sintió un impacto seco en la articulación de su rodilla que la obligó a caer de rodillas sobre las baldosas. Un instante después, una mano con dedos de acero le sujetó la garganta desde atrás, cerrándole la tráquea con la fuerza justa para no asfixiarla pero impidiéndole emitir el más mínimo grito. Al mismo tiempo, una hoja gélida de metal pulido se apoyó con delicadeza aterradora contra el párpado izquierdo de Camille. —Muévete un milímetro y te saco ese ojo para que veas el torneo con la mitad del rostro cosida —susurró Astrid al oído de Camille. La voz no temblaba; era un susurro gutural, helado y desprovisto de cualquier atisbo de debilidad humana. Camille se quedó paralizada como una liebre bajo las garras de un halcón. El terror más puro y primitivo se apoderó de su cuerpo al sentir la vibración asesina que emanaba de la mujer a la que durante dos años había considerado un trapo de piso. —Durante dos años fingí ser dócil para que tú y Kieran se sintieran cómodos en su propia arrogancia —continuó Astrid, su aliento rozando la oreja enrojecida de Camille—. Te dejé ganar cada pequeña discusión mezquina, te dejé lucir los vestidos que compraste con el dinero que Kieran le robó a los campesinos, y permití que me insultaras en cada cena porque necesitaba que estuvieras exactamente donde estás ahora: cegada por tu propia soberbia. Astrid presionó la punta de la daga apenas una fracción de milímetro más; una gota diminuta de sangre carmesí brotó del rabillo del ojo de Camille y rodó por su mejilla pálida. —Disfruta tu tiara estos treinta días, Camille. Duerme en las sábanas de seda y gasta el oro de la manada. Porque cuando regrese a cruzar estas puertas con el ejército del Norte a mis espaldas, la primera cabeza que haré rodar por estas escaleras será la de tu querido Alfa... y la segunda será la tuya si no aprendes a mantener la boca cerrada. Astrid le propinó un golpe seco con el pomo de la daga en el punto de presión del cuello. Los ojos de Camille se pusieron en blanco y su cuerpo flácido se desplomó inconsciente sobre la alfombra. Astrid enfundó la daga con un chasquido suave, se ajustó la capa oscura sobre la armadura y cargó el morral a su espalda. Miró el cuerpo de Camille en el suelo durante un segundo, apagó la última vela de un soplido y se deslizó hacia la penumbra del pasillo.

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Lista de capítulos

50 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 El Banquete de las Cenizas
  2. Capítulo 2Capítulo 2 El Código de Sangre
  3. Capítulo 3Capítulo 3 La Despedida de las Sombras

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