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Capítulo 2 El Código de Sangre
El chasquido del metal hundiéndose en la mesa de roble resonó en los oídos de Kieran como una bofetada a mano abierta. Durante dos segundos que parecieron estirarse en la eternidad, nadie en el gran salón se atrevió a respirar. Los soldados que custodiaban las puertas permanecían petrificados, y los tres Ancianos que presidían el Consejo de Ancianos miraban el sello de cera negra como si una serpiente venenosa acabara de deslizarse sobre el banquete. -¿Qué insolencia es esta? -rugió Kieran, su rostro encendiéndose con una llamarada de furia carmesí mientras el vello de sus antebrazos se erizaba por la rabia de su bestia interna-. ¡Guardias! ¡Arránquenle las manos y arrástrenla a las mazmorras por desacato al Alfa! Cuatro guerreros acorazados dieron un paso al frente con las lanzas en alto, pero antes de que pudieran acortar la distancia, una voz cascada y autoritaria cortó el aire con la fuerza de un látigo de cuero. -¡Alto! ¡Nadie ponga un solo dedo sobre esa mujer! -exclamó el Anciano Garek, el decano del Consejo, cuya túnica bordada con runas ancestrales temblaba levemente mientras se inclinaba sobre la mesa. Kieran giró la cabeza hacia el anciano, con los ojos inyectados en sangre. -¿Se atreve a cuestionar mi orden en mi propio salón, Garek? Esta ramera acaba de profanar la mesa ceremonial de mi linaje. -Esta mesa puede ser reemplazada por cualquier leñador, muchacho imprudente -replicó Garek sin mirarlo, fijando sus ojos temblorosos en la cera negra atravesada por la daga de Astrid-. Pero lo que hay bajo esta hoja no puede ser ignorado por ningún lobo vivo que no desee que el juicio de la Luna caiga sobre su cabeza. Esto es el sello del Alto Tribunal Imperial de las Siete Manadas. Y lo que está escrito aquí es la invocación formal del Código de Sangre. Un coro de jadeos sofocados recorrió la multitud. Camille, que hacía apenas unos segundos sostenía su copa con gracia principesca, dejó caer el vino sobre su regazo. El líquido rojo tiñó la seda escarlata como un presagio funesto, pero ni siquiera se molestó en limpiarse; miraba el pergamino con los ojos desorbitados por el desconcierto. Astrid dio un paso lateral, dejando que las antorchas iluminaran con crudeza el brillo metálico de su daga. No había en ella ni un rastro del temblor servil que había fingido durante los últimos dos inviernos. Su postura era recta, sus hombros estaban firmes y su respiración fluía con la cadencia pausada de un cazador que contempla a su presa caer en el lazo corredizo. -El artículo cuarenta y dos del Tratado Sagrado de la Primera Luna -dijo Astrid, su voz clara y melódica elevándose por encima del murmullo del salón sin necesidad de gritar-. Cuando un Alfa gobernante rechaza públicamente a su compañera predestinada sin haber demostrado ante el Consejo un acto probado de felonía, adulterio o traición a la manada, la rechazada queda absuelta de todo lazo de sumisión mental. La obediencia al Alfa queda anulada de raíz. Kieran apretó los puños con tal fuerza que los nudillos crujieron como ramas secas. Astrid continuó, mirando fijamente a los Ancianos: -Y la ley no termina ahí. Una loba que ha sido repudiada sin causa legal adquiere el derecho sagrado a la Reclamación por Duelo. Treinta días de inmunidad territorial a partir de esta misma medianoche. Durante ese plazo, ningún guerrero de Garra de Roble puede levantar la mano contra mí, bajo pena de que toda la manada sea declarada exiliada y maldita por el Alto Tribunal. Y al trigésimo día, tengo el derecho irrefutable de pisar la arena del Coliseo de la Luna para reclamar este territorio... o morir en el intento. -¡Esto es una farsa absurda! -bramó Camille, poniéndose de pie con la voz quebrada por la histeria-. ¡Tú eres una loba tullida, una muerta de hambre a la que Kieran mantuvo por caridad! ¡Ni siquiera puedes transformarte por completo! ¿Vas a retar a un Alfa de pura sangre en combate singular? ¡Deberían quemarte viva por blasfema! Astrid ni siquiera la miró. Su desprecio hacia Camille era tan absoluto que la trataba como si fuera aire viciado. -La ley no discrimina entre fuertes y débiles, Camille -respondió Astrid con frialdad-. Solo reconoce la sangre y el derecho. Kieran quería deshacerse de mí para subirte a ti a ese trono sin pagar el costo político ni perder el respaldo de las familias tradicionales. Creíste que me arrojarías a la calle como a un perro apaleado para luego repartirse las tierras que pertenecieron a mi padre. Pero cometiste un error de cálculo fatal, Kieran: me diste exactamente el arma jurídica que necesitaba. Kieran no pudo contenerse más. El aullido de su lobo interno desgarró su garganta y sus ojos se tornaron completamente amarillos. Sus uñas se alargaron en garras afiladas mientras daba un salto sobre la mesa, arrojándose hacia el cuello de Astrid con el instinto asesino desatado: -¡Te mataré aquí mismo antes de permitir que pronuncies una sola mentira más! Pero antes de que sus garras pudieran rozar la túnica de Astrid, una barrera de lanzas cruzadas se interpuso entre ambos. No eran soldados rasos; eran los doce miembros de la Guardia Sagrada del Consejo, guerreros veteranos que no respondían a la voluntad personal de Kieran, sino al juramento milenario que sostenía las leyes de la raza licántropa. -¡Contente, Kieran! -advirtió el Anciano Garek, interponiéndose con su báculo de plata reluciente-. Si derramas una sola gota de su sangre esta noche, la manada entera será repudiada por las manadas del Norte, del Este y del Oeste. Perderás tus alianzas, tus rutas comerciales y el Alto Tribunal enviará a sus ejecutores a decapitarte en tu propia plaza. La ley ha sido invocada formalmente. Astrid tiene treinta días de salvoconducto. Kieran cayó pesadamente sobre las baldosas, jadeando como un animal acorralado. El sudor le empapaba la frente y su pecho subía y bajaba con violencia mientras observaba a los Ancianos respaldar el documento con sus propios anillos ceremoniales. Astrid dio un paso atrás, realizando una reverencia impecable y burlona ante el estrado. -Disfruta tus últimos treinta días en ese trono, Kieran -susurró ella con una voz que cargaba la promesa de una tormenta implacable-. Asegúrate de que Camille coma bien y elija un vestido hermoso para el torneo. Porque el día que vuelva a pisar esta fortaleza, no habrá Consejo ni súplica que te salve del filo de mi justicia. Dicho esto, Astrid giró sobre sus talones y caminó hacia las puertas del gran salón. Nadie se atrevió a cerrarle el paso; los comensales se apartaban a su paso como si la sombra de la muerte misma cruzara entre las mesas.
Lista de capítulos
50 capítulos en total
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