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Capítulo 1 Alejandro Vicenzo
Vera
Hablaste toda la noche con él. Así empezó. Con un simple reproche todo explotó entre nosotros. Cuatro meses trabajando para él y su puta cúpula en su maldito edificio, y el día de la inauguración no pudimos aguantar más. -Es su amigo, «Señor Vicenzo» -respondí. Le escupí el señor en la cara. -¿Y por eso hablaste con él toda la noche? -¿Y qué esperaba? Se pasó los últimos quince días diciéndome que no lo hiciera pasar vergüenza. ¡Bueno! Fui amable con su amigo. -¿Durante cuarenta minutos, Vera? Estaba lívido, celoso. La cara rígida, los ojos vidriosos. Ahí nomás quise abrazarlo, besarlo, tocarlo todo. Me aguanté. Yo también me la estaba jugando, yo también tenía cosas que perder. No le contesté. Me saqué el zapato con el tacón roto primero, el que se me trabó en el escalón mientras él casi me arrastraba de la muñeca. -¿De qué hablaron? -preguntó. -Me contó chistes malos. Horribles -me quité el otro zapato con rabia, lo lancé por el aire y aterrizó sobre la última lata de pintura. Alejandro Vicenzo, el psicópata que me contrató para que restaurara el fresco a seis metros de altura en un edificio en ruinas. Que me acosó meses enteros, subiéndose al andamio conmigo, criticándome cada condenado trazo, cada color, cada pincelada. Y yo ahí, boca arriba, con el cuerpo prendido fuego porque el hijo de puta se acercaba hasta que tenía todo su maldito ser, sexy y hermoso, pegado a mí. -¿Qué chiste? Repítelo. -¡No me acuerdo! -¡No me mientas! -gritó, ronco, apretando los dientes-. ¡Lo conozco! ¡Sé quién es y lo que hace! ¿Qué te ofreció? -¿Qué me ofreció? -¡Sí! ¡Algo te ofreció para cogerte! ¿O no? ¡Estaba loco! ¡El tipo estaba loco! No, era un enfermo, un desquiciado. No me dejaba llamarlo por su nombre, tenía que decirle «señor Vicenzo». ¡Señor un carajo! Claro, el típico empresario con plata que piensa que todos estamos por debajo de él, que te mira con esa muequita de mierda, torcida. Que parece que Dios estaba inspirado el día que lo concibieron. -¿Pero quién mierda se piensa que soy? -grité también-. ¿Que soy una puta que se va con cualquiera porque me ofrece algo? -¡No dije eso! -¿No? ¡Eso mismo fue lo que dijo! ¿Quién se cree que es? ¡Maldito loco! -¡Entonces dime de qué hablaron! -¡Qué le importa! Me sostuvo la mirada y algo se movió. No sé qué, pero algo se movió en sus ojos. Cada palabra que nos gritábamos, furiosos, tiraba leña a la hoguera. Dio un paso, se pasó la mano por el pelo, por la cara. Él también se aguantaba. -¿Qué me importa? -repitió-. Claro que me importa. Eres mía. Trabajas para mí, pintas para mí, respiras para mí. Hasta ese vestido ridículo te lo pagué yo. -El vestido me lo compré yo. -Con mi plata. -¡Con la plata que me gané! ¡Trabajando! ¿O ahora también me va a decir que me hizo un favor contratándome? -No te hice un favor. Te elegí. Había veinte restauradores en la ciudad. Veinte. Todos con más experiencia, todos con menos carácter, todos más fáciles. Y te elegí a ti. ¿Sabes por qué? -Porque nadie más iba a soportar sus miraditas de mierda, sus comentarios despectivos, sus aires de superioridad -respondí, contando cada uno de sus defectos con los dedos. -¡Porque eras mía desde el primer día! Desde que entraste al taller me miraste como si yo fuera un imbécil. Ahí supe que eras mía. Solo faltaba que te enteraras. Me reí. De los nervios. Me estaba acorralando y no lo hacía con el cuerpo, ni siquiera con su metro noventa cerniéndose sobre mí. Eran sus ojos, eso me debilitaba, me frenaba de abrir la puerta y mandarlo al cuerno. Parecía que le estaban arrancando un pedazo de carne. -Usted está loco. Está completamente loco. -Loco -aceptó. Dio un paso-. Loco, trastornado, maniático, lo que quieras. Pero no te voy a pedir disculpas. -No se las estoy pidiendo. -Mejor. Porque no te las voy a dar. Otro paso. Ya estábamos a un palmo. Mi zapato seguía sobre la lata. Las medias corridas. El vestido torcido. Y él impecable, salvo por el cuello abierto y el mechón caído. Impecable el hijo de puta. -Cuarenta minutos -dijo, más bajo, más denso-. Cuarenta minutos con ese imbécil. ¿Qué te pidió? ¡Dios! Otra vez lo mismo, ¿qué estaba esperando que le dijera? -Nada. -¿Qué te ofreció? -¡Nada! -¿Qué le dijiste? -¡No me acuerdo! ¡Me aburrí como una ostra y me reí para no mandarlo a la mierda! ¿Contento? Me miró. Me midió. Me pesó. Me recorrió con los ojos desde la punta de los pies hasta la cara y ahí se quedó. -No -dijo-. No estoy contento. Porque te reíste con él. Y esa risa era mía. -Suya no es nada. Ni la risa, ni el fresco, ni yo. Nada. ¿Entiende? Na-da. Pude ver cómo la cabeza le hizo cortocircuito. Hasta lo escuché. Se puso tan duro, todo el cuerpo, que di un paso atrás. No por miedo, por supervivencia. Lo que le emanaba de los poros me estaba intoxicando. Y él dio un paso adelante y otro, otro. Sentí la pared congelada y descascarada del depósito en la espalda. -¿Nada es mío? -preguntó, inclinándose sobre mi cara, susurrando con la voz áspera. Desvié los ojos y aspiré profundo. No sé para qué. Todo ese perfume caro que usaba se me metió por la nariz, la garganta, los pulmones. Llevaba meses peleando y fantaseando con él. Me dolían las articulaciones de la fuerza que hacía para mantenerlas en su lugar, porque me miraba dos segundos y me derretía como un cubito de hielo. Muchas veces me pateé el trasero mentalmente por fantasear, por permitirme imaginarlo. Los tipos como él no se fijan en mujeres como yo. Pero fantasear era gratis. -Vera, mírame y repite eso -dijo-. Dime que no lo sientes. Lo miré. -¿Sentir qué? Sentía todo. En la piel, en cada músculo, en cada cabello. Todo. Me quemaba de adentro hacia afuera. Y yo me resistía porque no quería caer otra vez por un hombre. Pasar de nuevo por todo el dolor y luego verlo irse sin siquiera mirar por arriba del hombro. Alejandro Vicenzo tenía cada señal que me decía que eso era lo que iba a pasar. -Sentir lo que hay entre nosotros, Vera -susurró, casi inaudible-. Lo que me haces sentir. ¡Ay, carajo! ¿Hacía falta que lo dijera así, con esa voz? Parecía que pedía una migaja para no morir de hambre. Con esa cara de perro mojado, entregado. Tan lindo, tan hombre. Lo agarré del cuello de la camisa. La que estaba hambrienta era yo. Desesperada y asustada porque me derribaba cada defensa. No estaba pensando, no estaba procesando que si dejaba que me invadiera iba a hacerme caer de rodillas como una estúpida. -Vera -me llamó, sorprendido. Él controlaba siempre y en ese momento las cosas se le dieron vuelta. -Cállese. Le metí la mano en el pecho, haciéndome camino sin molestarme siquiera por los putos botones. La piel caliente, el vello tosco, el músculo duro. Le clavé las uñas y él largó un bufido, se le entrecortó la respiración, me apretó más contra la pared. -¿Esto quería? -le pregunté. Le desabroché el cinturón-. ¿Esto? -Esto. -¿Desde el primer día? -Desde el primer día que te vi. Me dio risa de verdad, porque yo también. Porque desde que entré al taller y le vi los zapatos de diez mil euros manchados de tierra supe que esto iba a terminar mal. Le bajé el cierre del pantalón. Él me subió el vestido hasta la cintura. Las medias ya estaban rotas. De una pierna me las arrancó del todo. La otra quedó colgando, una telaraña de nylon sobre el muslo. -Después me paga las medias -dije. -Te pago lo que quieras. -No quiero que me pague nada. Quiero que me coja como me miró estos cuatro meses. Le cambió la cara. Se le puso seria, oscura, necesitada. -Como usted diga -dijo.
Lista de capítulos
28 capítulos en total
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