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Capítulo 2 Debajo de mi piel

Alejandro

Cruzó la puerta esa tarde para volverme loco y trastocarme la vida. No necesitó decirme más de tres palabras y quedé idiotizado por ella. Me miró con cara de culo todos los días, trataba de bajarme los humos con sarcasmo, pero yo me daba cuenta: su cuerpo respondía a la cercanía del mío. Estuvimos como perro y gato hasta que se puso ese vestidito. Un trapo, un pedazo de tela que apenas le tapaba las piernas, con la espalda al descubierto. Nada que ver con los pantalones anchos y manchados que usaba siempre. Me reventó la cabeza que la miraran todos. Ochenta viejos de mierda babeándose con sus piernas, su espalda y ese culo. Esa mañana me masturbé debajo de la ducha soñándola así: pidiéndome que la cogiera. En mi fantasía primero la llevaba a cenar, me sonreía como le sonrío a ese hijo de puta. La besaba con dulzura y la desnudaba en mi cama. Era dócil. Tendría que haberme dado cuenta de que Vera era todo menos dócil. Trataba de arrancarle las bragas mientras ella se me colgaba para besarme, abrirme la boca y meter la lengua. No pude terminar. La abracé con todas mis fuerzas. Esa boca me había enloquecido, mucho antes de probarla. La alcé y, por reflejo, me cerró las piernas en la cintura. Desesperada, así estaba. Caliente y mía. Gemía en mis labios. Le tiré todo el peso encima para sostenerla de la pared, liberar las manos y poder tocarla toda. Hundirle los dedos en la carne esponjosa de ese culo que me ponía la pija dura de solo mirarlo. Mis dedos siguieron la línea de su calor hasta que encontré la forma de apartarle las bragas. Su humedad me dijo lo que necesitaba saber, la manera en que aspiró aire y se quedó muy quieta cuando la rocé. Metí uno y se puso dura. Metí otro y se deshizo en un gemido que me puso más duro a mí. Apenas me aparté para poder mirarla: los ojos cerrados con fuerza, respirando por la boca, con la cabeza de lleno en la pared. Hermosa, una locura. Quise metérsela, cogérmela sin sacarle las bragas, pero la necesidad de verla acabar primero fue más fuerte. Vera retorcía el cuerpo, podía sentir sus talones clavándose en mi cintura, sus manos aferrándose a mis hombros con brutalidad y sus líquidos escurriéndose en mi mano. Estaba más que mojada, más que caliente. Mi propio cerebro estaba en blanco. -¿Te gusta, putita? -se me escapó. Ella abrió grandes los ojos, contuvo la respiración. Por un segundo creí que la había cagado y arruinado el momento. Y volvió a sorprenderme, a terminar de matarme. -Sí... -jadeó y hundió las caderas en mi mano pidiendo más. Me aventuré. No podía ser. -¿Eres mi putita? -pregunté, tanteando. -Sí... -Dímelo, Vera -casi rogué, besándole el cuello, lamiéndolo-. Dímelo -murmuré. -Soy su putita, señor Vicenzo -gimió cada palabra. Mejor que cualquier confesión de amor. Me dio de lleno en el pecho, en el estómago, en la pija que buscaba romperme el pantalón para salir. Y me dejó en trance respirando sobre su piel, inmóvil y con los dedos quietos en su interior. Vera no tenía idea de lo que me provocaba en realidad. Era deseo, excitación, pero también una necesidad rara de abrazarla. Ese fue el motivo por el cual no avancé en esos meses. Era obvia la manera en que me miraba, cómo a veces arrastraba las sílabas, los gestos a escondidas. Me hacía perder el control, descarrilarme. Y a la vez, no soportaba veinticuatro horas alejado de ella. Sabía que se iba a meter debajo de mi piel y sería imposible sacarla. Su declaración me dio orgullo, de macho cabrío que tiene a su hembra apurada. Luchó contra mi quietud, enterrándose con furia en mi mano, girando como podía la cintura. Exigiendo. Contrayendo los músculos en mis nudillos. Volví a mirarla y tenía la cara en pura agonía, los labios separados, los ojos brillosos. El ceño fruncido, demandando. -¿Qué pasa, Vera? -pregunté, jugando-. ¿Tan caliente estás? No me respondió. Tiró de mi saco queriendo sacármelo, frustrada. La recompensé con movimientos rápidos, animales. Su cuerpo reaccionó enloqueciéndose. Y frené de nuevo. Enfurecida era poco. Decidió jugar como yo, darme una patada en las pelotas. -Su amigo no hubiera parado, Alejandro -me desafió, levantando el mentón, mordiéndose la boca. Le saqué los dedos y la obligué a bajarse. Vera se tambaleó cuando sus pies tocaron el piso y me miró directo a los ojos. Me estaba llevando al límite comparándome con ese infeliz, para desquiciarme por completo. Y lo logró. Tomé el cabello de su nuca y la forcé contra la pared. -Separa las piernas -ordené y obedeció-. Vamos a ver si ese hijo de puta puede cogerte mejor que yo. Devoré su excitación, la que dejó en mis dedos. Los lamí delante de sus ojos. Salivé sobre ellos, necesitado de más lubricación, y los llevé directo a su sexo, a su punto más sensible. La masturbé con la misma rapidez y ganas con que me la había jalado pensándola. Se entregó por completo, se abrió toda, no solo sus piernas. Capituló mientras las puntas de sus pies peleaban por no resbalar. La respiración se le puso errática, jadeos cortos que no llegaban a llenar sus pulmones. Buscó de dónde agarrarse y encontró mi brazo, el que la sostenía de la cintura. Parecía de trapo, una muñeca de trapo. Así y todo, en el instante preciso en que acabó, fijó sus ojos en los míos, apenas un momento antes de cerrarlos. Explotó completa, arrastrándome con ella. Quería hacerla mía y, al final, me hizo suyo con un orgasmo. Hermosa, viva en cada célula. Aflojé mi agarre en su cabello y le besé la frente. Ella me devolvió el beso en el mentón, mordisqueando la barba. Me invadió algo parecido al triunfo y a la angustia. Algo que me gritaba que si la dejaba ir me iba a morir. Entonces sentí sus manos terminando de abrirme el pantalón. Sus dedos fríos envolviendo mi miembro y tirando. Se me aflojaron las rodillas. A mis cuarenta y cinco años, una mujer me masturbaba y a mí se me aflojaban las rodillas. No, no «una mujer». Vera. Estiré el cuello hacia atrás y la escuché exhalar profundo. Sabía que ahora quien controlaba, quien mandaba, era ella. Tuve que soltarla del todo para sostenerme de la pared, pero antes atrapé su boca en otro beso. Era un baile sincronizado: yo le hundía la lengua y ella jalaba más rápido. Poco a poco fue disminuyendo, frenando. Me soltó y me empujó un poco hacia atrás. Di pasos cortos, atrapado por los pantalones en los tobillos. Vera, sensual, erótica y puta, se quitó las bragas y el pedazo de media rota. Bajó los hombros del vestido hasta la cintura y se dio vuelta. Extendiendo la espalda, ofreciéndose con ese culo al aire. Me le fui encima como un salvaje, agarrando sus senos, acariciándola con mi pija, mordiéndole un hombro. Se ondulaba en mis manos, se hacía pedazos esperando que la penetrara. Debí habérsela metido de un solo golpe, llenarla hasta el fondo y no darle ni tiempo a respirar. No pude. Aún con la desesperación y el calor, no pude. En cambio, saboreé el momento. Separé sus nalgas y vi cómo, despacio y midiendo, se tragaba mi pija con su sexo. La oí gemir ronco, largo. -Así, Alejandro -dijo. Cuando levantó la vista tenía la cara contra la pared, una mano perdida entre sus piernas. Perdí el sentido de la realidad, la poca cordura que me quedaba. La embestí una vez con todas mis fuerzas. Otra y otra y otra. La cogí como la bestia que soy y ella me recibió con más placer. Nunca un quejido o un «detente». Pedía. Sin vergüenza. Acabé, empujándola, arrastrándola por la pared. Enterrándome. Muriéndome.

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28 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 Alejandro Vicenzo
  2. Capítulo 2Capítulo 2 Debajo de mi piel
  3. Capítulo 3Capítulo 3 Hechizo

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