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Capítulo 3 Hechizo

Vera

Mi cabeza quedó congelada en ese lapso en el que se vino dentro de mí. Solo necesité escuchar cómo rugía, cómo me llenaba, para acabar también. Ese orgasmo fue tan potente, gigantesco, que creo que me dejó el cerebro sin oxígeno. Estaba mareada, debilitada, perdida. Fueron sus besos en mi espalda los que, con paciencia, me trajeron de regreso. Sentía ganas de llorar porque no había vuelta atrás. No podía fingir que nada pasó, ni que lo sentí conectado a mí de una forma que nunca me había pasado en la vida. Traté de no frustrarme, de tragarme la angustia. Después de esto, del sexo delirante, de los orgasmos devastadores, venía la indiferencia. Eso de «fue un placer, nos vemos». Pero ya estaba. Tenía que juntarme, armarme y salir de ese depósito lo más entera posible. Alejandro me acarició los brazos. Sus besos eran chiquitos, tranquilos, casi agradecidos. Decidí quedarme quieta y disfrutarlo. Después tendría tiempo de largarme a llorar como una condenada. -¿Qué hacemos ahora? -preguntó con los labios pegados a mi cuello. -No sé -respondí y de verdad no tenía ni idea. -¿Te llevo a tu casa? Ahí estaba: la despedida. Bueno, el sueño fue lindo mientras duró. Asentí sin decir nada. Lo sentí salir de mí, sentí su semen escurriéndose por mis muslos, caliente, espeso. Y para cuando pude reunir fuerzas para darme vuelta, Alejandro ya estaba impecable otra vez. No quiero imaginar la pinta que tenía, seguro era un desastre. El animal que me había cogido contra la pared sacó el pañuelo de su saco, se agachó y comenzó a pasarlo entre mis muslos, entre mis piernas. Limpiándome con delicadeza. Maldito psicópata. ¿Cuántas caras tenía? Se aseguró de secar todo rastro antes de alcanzarme las bragas. Me las puse, me acomodé el vestido y él trajo mis zapatos colgando de dos dedos. Hasta eso hizo. Y yo no sabía dónde meterme ni cómo mirarlo a la cara. Era muy fácil enamorarse de un hombre así. Uno que mide como una torre, maduro, educado, que manda. Uno que coge sin medirse y después te trata como una pieza de porcelana. ¿Quién no? Sí, era un loco controlador. Pero tan lindo, tan sexy. Me tomó de la mano antes de dejar el depósito y en la puerta me besó. Un beso de esos que te dejan borracha, estúpida. Descalza, lo seguí hasta la parte trasera del edificio, la que daba al estacionamiento. Al menos no me hizo pasar delante de toda esa gente. Abrió la puerta de su coche para que subiera, ¡me abrió la puerta! Y arrancó. En silencio. Yo no sabía qué decir y, la verdad, no quería hablar tampoco. Alejandro conducía con los ojos fijos en la calle. Parco, serio. La misma cara de póker de siempre. Me sentí diminuta y más estúpida. Porque una cosa son los «princesos» a los que estaba acostumbrada, a los que necesitas masajearles el ego para que se sientan bien, y otra, él. Recién cuando doblamos en la esquina de mi casa me di cuenta de que nunca le había dado mi dirección. Él solo condujo hasta mi entrada. -¿Cómo sabía dónde vivo? -pregunté, mirando mi puerta verde y algo desvencijada. -Lo sé -respondió, así nomás y apagó el motor. Claro, él podía darse el lujo de cuestionarme e interrogarme como un juez exigiendo una confesión, pero contestaba con un «lo sé» que no te daba lugar a nada. Sentí de nuevo el pinchazo en la espalda, en medio de los omóplatos; la sensación de que era un soberano creído, soberbio, demente. Agarré la manija para abrir la puerta. ¡Yo y mis fantasías ridículas! El tipo me cogió, se sacó las ganas y listo. Estúpida, Vera. Tenía que bajarme antes de que la vergüenza se apoderara de mí y lo mandara al carajo. No me dejó. Tomó mi mano y me dio un tirón para ponerme frente a frente con su boca. Dos besos más. Besos dulces, tranquilos. Y al final, un pequeño beso en la nariz. -Descansa, Vera -dijo. Me bajé despavorida, casi corriendo. Mis piernas estaban pesadas. Cerré la puerta y me apoyé en ella. Era una locura, pasaba del frío al calor sin cambiar la expresión de su cara. Onur vino a saludarme, moviendo la cola, sacando la lengua. Parado en dos patas medía lo mismo que yo. Olfateó mis piernas y tuve que quitarlo. Entonces escuché el motor encenderse fuera y alejarse. El cuerpo se me aflojó todo y mi cabeza seguía siendo una maraña de confusiones. Por eso mismo pasé ese último año sola. Precisamente por eso: para no tener esas sensaciones, para no confundirme, para concentrarme en mi trabajo y estar tranquila. Pero no. Tenía que conocerlo, tenía que dejarme llevar. Pegué un grito de pura rabia, pasándome las manos por la cara. «¡Vera, por el amor de Dios!» Onur me miró entretenido, ladeando la cabeza. -Sí -le dije-. Tu madre está chiflada, demente. Mala suerte. Si no fuera porque comes como un dinosaurio, no habría aceptado ese trabajo. Es tu culpa. Se me vino encima, lamiendo mi cara. Acaricié detrás de sus orejas y lo dejé salir al patiecito. Al menos él no tenía que preocuparse por nada. Me daba envidia. Su vida consistía en comer, dormir, ensuciar y ser mi apoyo emocional. Menudo trabajito. Fui al baño, mientras Onur hacía lo suyo. Sacándome el vestido en el camino, recordando cómo le dije que era su putita, cómo me di, cómo me aferré a su boca. Muerta de vergüenza. Quería desaparecer. El espejo no me dejó, me mostró sin pudor lo que había hecho con él: la marca de su mordida en mi hombro, el cabello arruinado, el maquillaje corrido. Y, sin embargo, la imagen que me daba era la de una mujer satisfecha. Mi cuerpo todavía sentía sus manos, mi boca sus besos y mi entrepierna su miembro perforándome. ¡Cuánto hacía que nadie me daba esa clase de placer! Llevé mi mano a mi sexo. Estaba húmedo con rastros de su semen. Sentía la piel en carne viva y me excité. El roce de mis dedos era el de los suyos. De esas manos grandes que me cubrían entera. Cerré los ojos y olí mi hombro. Tenía su perfume caro y el aliento a whisky, pegados. De nuevo caí en su hechizo y en mi necesidad. Abrí la llave de la ducha y me metí debajo. El agua estaba helada o mi cuerpo ardía. Lo único que pude hacer fue tocarme. La sensibilidad me dolía, pero no me detuvo. Hubiera cogido con él toda la noche, toda la madrugada, toda la mañana. Alejandro. Tuve un mini orgasmo, pasajero, con gusto a nada. Me dio miedo pensar que nunca en la vida volvería a reventar, a implosionar, como con él. Cuando salí del baño, ahí estaba mi apoyo emocional de ochenta kilos, mirándome. El perro con dependencia más grande que pude encontrar. Mi ancla. -A la cama, grandote -dije y me arrastré a la habitación. Mi vida era eso: pintura y pelo de perro. Solo tenía que encontrar el camino de vuelta a esa vida y olvidarme del señor Vicenzo. O mejor, guardarlo como un recuerdo que me alimentara cuando más sola me sentía. El teléfono sonó con una notificación. Era él. «Mañana a las 11. Tu último cheque.» Solo eso. Nada más. ¡Hijo de puta! Tuve ganas de arrojar el teléfono contra la pared. No solo era un maniático controlador, un sociópata. Era un condenado bipolar. Me reí de lo idiota que era, de lo confundida que me sentí. Lancé mis manos y piernas al aire. Ojalá hubiera estado ahí conmigo, así le daba unas cuantas patadas. Abracé fuerte a Onur que ya estaba lejos, soñando. Apreté los dientes y me quedé dormida. «A las once, perfecto, maldito idiota.»

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Lista de capítulos

28 capítulos en total

  1. Capítulo 1Capítulo 1 Alejandro Vicenzo
  2. Capítulo 2Capítulo 2 Debajo de mi piel
  3. Capítulo 3Capítulo 3 Hechizo

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